Tienes diecisiete años y estás sentado en tu habitación de la residencia. Le quitas el plástico a un flamante paquete de diez cintas vírgenes de noventa minutos que has comprado en Sound of Market. Pillas una de las cintas y le quitas el plástico. Sacas el casete de la caja y la examinas con cuidado por si tiene algún tipo de defecto. Pones la carátula a un lado para tomar notas. Cuando termines la cinta harás una personalizada. Ahora, mirando la cara A, metes un lápiz del número dos en el agujero derecho, y lo giras con cuidado hasta que llegas a la parte transparente de la cinta de música. El casete está listo.

También vas a necesitar un cuaderno y un lápiz. Vas a tener que recurrir a las mates. Arriba en la hoja escribes 45:00. Con cada canción irás sustrayendo de ahí, con la intención de dejar menos de treinta segundos al final de cada cara. Más de medio minuto y ya valdría empezar de nuevo.

La primera canción es crucial. La primera canción mostrará tus intenciones. Pero necesitas que entre suave. Quieres ir poco a poco. Hacer tu jugada, pero sin revelar todas tus cartas. Con diecisiete sigues siendo increíblemente sensible a ese tipo de cosas. El primer tema dice “te entiendo”. Si tienes algún tipo de historia musical compartida, empiezas con eso.

Por supuesto, haces esta recopilación para una chica. Tenéis un par de clases juntos. Y si lo mides bien, consigues sentarte detrás de ella. Mientras rebuscas entre tus discos para la próxima canción, recuerdas el aspecto de su nuca.

El segundo tema es un respiro. Habiendo establecido el tono con la apertura, quieres bajarlo un poco aquí y darle unos minutos para que se pregunte cosas. Casi todos los tíos seguirían subiendo el tono en el segundo tema, pero tú sabes hacerlo mejor. Tienes noventa minutos con los que trabajar. Haz que se diluya un poco. Obviamente, no vas a usar dos canciones del mismo grupo seguidas en la cinta. Pero si uno de los músicos del primer tema tiene un proyecto paralelo más suave, ahora es el momento ideal para soltarlo.

Desde la tercera canción ya puedes empezar a desarrollar hacia tu historia. Pero primero necesitas decidir qué tipo de historia quieres contar. ¿Es para conseguir un polvo? (Cutre). ¿O es la historia de dos chavales que deberían conocerse mejor, quedarse despiertos hasta tarde haciéndose reír mutuamente, y tomarse una pausa en medio de Historia del Arte para fumarse un pitillo furtivo? ¿Es el tipo de cinta de música que quieres escuchar mientras conduces a casa de su madre cuando te lleve a casa en Acción de gracias? Haz esa cinta.

Y no te olvides de que tu historia tiene dos actos. La cara A es un disparo en la oscuridad. Lo vas a poner todo en el fuego, sin tener ni idea de cómo va a resultar. Así que aunque quieres ir con confianza en ti mismo, también quieres darte un poquito de espacio para escaquearte. Tenéis clases juntos y no quieres que ella te evite por que has entrado muy fuerte. Terminas la cara A de forma lenta, con un tema antiguo y un pelín desconocido. Quieres dejar algo de misterio aquí. Y recuerda no dejar más de treinta segundos de espacio en blanco al final de la cinta.

Pero… ¿la cara B? ¡Le ha dado la vuelta a la cinta! A lo mejor tu loca idea funciona al final. Estamos a mitad de camino y la cosa tiene buena pinta. Aquí hay un consejo bastante sólido. No quiero decirte lo que tienes que poner en tu cinta, pero confía en mí: empieza la cara B con Just like honey de Jesus and Mary Chain. Porque la cara B va a ir sobre ella.

Listen to the girl as she takes on half the world…

Tu cinta es tu equipo de asalto. No estarás allí cuando la abra. No estarás allí cuando mire la lista de canciones. No estarás allí cuando la escuche por primera vez. Tampoco para la segunda, o incluso para la tercera. Es posible, quizás, que la escuches de fondo cuando ella te llame. La escucharás de inmediato, y durante unos segundos te costará concentrarte en su voz porque estarás intentando recordar en qué punto de la cinta decidió llamarte. (¡Esto es muy importante!)

Y si has hecho la cinta perfecta ni siquiera te preguntará acerca de las canciones que van. Nunca se verá reducida a una simple colección de temas. Existirá como una entidad en si misma, un momento de esperanza y valor congelado en el tiempo. Optimista para siempre. Uniéndoos a ambos en un punto fijo para siempre. En un punto donde esa cinta guardará un lugar privilegiado en su mesita de noche. Un lugar que será compartido pronto por una segunda cinta, y una tercera. Cada una grabada meticulosamente para comunicar cosas que eran demasiado complejas para que las expresaras a los diecinueve.

Y en una calurosa tarde de agosto, estando juntos en la cama, ella alargará el brazo, cogerá una de las cintas y la pondrá en la radio que tenéis en el aparador. Y recordarás hacerla, pero no dirás ni una palabra. Y súbitamente te darás cuenta de que por fin tienes las palabras que necesitabas cuando hiciste esta cinta de música. Aunque ahora ya no las necesitas.

Y diez años tras hacer esa primera cinta, esa cinta para la chica que te gustaba, te vas a casar con esa chica. Y te das cuenta de que no todas las canciones que escribes necesitan ser tristes.

(Para que lo sepas, las cintas de mezclas no están muertas. Mi amigo Timothy Buckwalter monta todas las semanas un podcast llamado The Mixtape que es alucinante. Lo vas a disfrutar mucho.)

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