No debería estar escribiendo esto. En vez de esta frase, en este sitio, deberías estar leyendo una de un escritor diferente, quizás uno con más años de experiencia que yo. Este ensayo —dos mil palabras en aproximadamente un mes, y por algo menos de 400 dólares— es una tarea que lleva demasiado tiempo para una remuneración tan pequeña, especialmente para alguien a quien el tiempo no le sobra. Así que, lo repito, yo no debería estar escribiendo este artículo. Y sin embargo aquí estoy, escribiéndolo.

Estoy escribiendo esto porque tengo miedo a ser pobre. Tengo miedo a tener que ser un adulto que vuelve a vivir a casa de sus padres. Tengo miedo de tropezarme con mi antigua novia del instituto en el supermercado y tener que explicarle que estoy viviendo en la habitación de invitados de mi madre porque no pude pegar el pelotazo como escritor. Tengo miedo de no ser capaz de pagar mis créditos de estudiante, y tengo miedo de no ser capaz de pagar por la universidad de los niños que pudiera tener algún día.

Estoy escribiendo esto porque recuerdo un tiempo en el que el pensamiento de que alguien me pidiera escribir para ellos y me ofreciera dinero por ese trabajo se veía como un chiste cruel que la gente nos contaba a los esperanzados escribas para protegernos de la verdad, como un padre diciéndole a su hijo que su perro, atropellado, simplemente salió corriendo. Estoy escribiendo esto porque recuerdo suplicar por escribir cosas gratuitamente y aun así, verme rechazado por las publicaciones. ¿Hay algún otro campo, aparte del de crear cosas, en el que la gente pida trabajar sin compensación y aun le digan que no? Imagina un mundo de inversores bancarios que lo hicieran simplemente por amor al arte.

Estoy escribiendo esto porque, habiendo tenido que bailar por comida tan a menudo al principio de mi carrera, aún tengo que quitarme de la cabeza la idea de que debería decir que sí a cualquier trabajo, tanto si tenía tiempo para ello como si no. En este sentido soy como un gato callejero que ha crecido en las calles y que al final es acogido por una familia cariñosa; seguirá comiendo incluso después de saciarse porque no sabe que ahora hay comida de sobra.

Cuando era un crío, mucho antes de saber que quería ser escritor, la decoración estrella de mi cuarto un póster de un Lamborghini Countach. No solo uno, de hecho. Si no recuerdo mal, las cuatro paredes estaban adornadas con fotos —generalmente conseguidas de vender los libros del colegio— de los deportivos italianos más odiosos. Sin importar a qué lado miraras, ahí estaba, en grande y con colores de caramelo, otro Countach, una palabra que se traduce, básicamente, como «la hostia».

Tras dos décadas ya, no estoy seguro de dónde emergió exactamente mi pasión por las imágenes de Lamborghinis. Nunca tuve más que un interés superficial en ellos (no tuve ninguna pista de quién los diseñó, por ejemplo). Yo no podía conducir, claro, y hasta el día de hoy no te puedo decir la cosa más básica sobre un motor de combustión interna. La clase de mecánica que hice en el instituto en un esfuerzo de ser más masculino terminó por enseñarme cómo usar un gato y poco más. Francamente, hablar de los automóviles y cualquiera de sus complejidades me aburre, y siempre lo ha hecho. Aunque durante años, cuando me iba a cama por la noche, caía dormido viendo Lamborghinis.

En la película de 1996 Beautiful girls, uno de los personajes, Willie, le pregunta a su amigo, Paul, el por qué está tan enamorado de fotos de las modelos que hay en las revistas. Paul, un quitanieves con mala suerte, responde que las supermodelos son símbolos de «promesa»: «¿Las supermodelos, Willie? Eso es todo lo que son. Promesa embotellada. Escenas de un día por venir». Yo podría probablemente decir algo similar de mis pósters de Lamborghinis, los cuales tuvieron que ver cada vez menos con coches y más con lo que los coches representaban: dinero y todas las fabulosas, frívolas, cosas que el dinero puede comprar.

El deseo de ser rico es una cosa furtiva. Naces sin saber siquiera que el dinero existe, y los niños no lo necesitan realmente aparte de lo que sus padres gastan para mantenerlos vivos. Entonces un día te despiertas y tus paredes están cubiertas de coches que cuestan lo que algunos pagan por una casa.

¿Qué hace que una persona quiera crecer para estar forrado? No fue mi educación. Aunque mis padres eran profesionales bien formados —mi madre es una directora de colegio retirada y mi padre es abogado— ninguno tuvo un trabajo que le reportara desorbitadas cantidades de dinero. Nuestra vida en Tucson, Arizona, donde nací, estaba salpicada con algunos de los caprichos de clase media: socios de un club de campo, viajes al extranjero, pases de temporada para el teatro. Pero todo ello estaba compensado con coches de segunda mano y una modesta casa de tres habitaciones que raramente vio reformas. Su mejor cualidad era el patio trasero, que estaba sin vallar y se desparramaba en una larga franja enarenada de cactus y árboles a través del que corría.

Tucson no es un sitio glamuroso. Se dice a veces que su población está compuesta de los recién casados y los casi muertos (“newlyweds and nearly deads”). La arquitectura de la ciudad está basada a menudo en centros comerciales abiertos, hechos de falso adobe, donde se ubican grandes cadenas de tiendas y esos restaurantes en los que hay que pagar antes de comer y llevar una bandeja. Fue aquí, entre HomeTown Buffets y Sunglass Huts, que mi ansia de dinero y las cosas que podría comprar con él enraizó.

Vi House of style en la MTV y soñé con Nueva York, la ropa de diseño y una boda con Cynthia Rowley. Un par de veces al año le suplicaba a mis padres que me compraran el último modelo de zapas de 150 dólares que le había visto a mis raperos favoritos. Cuando las tuve, las limpiaba cuidadosamente con un cepillo de dientes en cuanto se ensuciaban. Fantaseé con tener coches. Coches caros. Coches de carrocería baja, poco eran apropiados para conducer en Tucson y sus carreteras de tierra y gravilla. Me compré unas gafas de sol de 300 dólares solo para perderlas al cabo de una semana.

Mis padres, que nunca le dieron mucha importancia a eso de tener caprichos, a menudo se horrorizaban con mi materialismo. Llamándolo mi «yo-yo-yología», mi madre, que trabajó en escuelas con alumnos de clase baja durante gran parte de su vida, me echaba sermones al dar por hechas cosas con las que muchos de sus estudiantes no podían ni soñar permitirse. Estos niños tenían padres que no los bañaban. Estos niños tenían padres que a veces no podían comprar para comer. Y sin embargo me enfurruñaba cuando por Navidad me regalaban la sudadera de Michael Jordan con los números serigrafiados, en vez de la más cara, que los tenía cosidos en la tela.

Diez años y algunos cambios después, me cuesta mucho recordar cómo sentía querer ser rico. Me fui de Tucson. Ahora tengo un buen sueldo, y no sería cierto decir que llevo una vida totalmente exenta de lujos (me gusta viajar y probablemente tenga más pantalones de los necesarios). Pero mi antigua fijación en poseer montones de dinero y cosas —más dinero y cosas que las que tienen los demás— se ha disipado, como burbujas en una copa de champán rancio.

No puedo determinar exactamente cuándo me convertí en un ser humano menos materialista. Fue una erosión gradual, como algo que mantuve agarrado con el puño cada vez con menos fuerza hasta que lo dejé ir completamente. Mis gafas de sol fueron lentamente cada vez más baratas, y mi apetito por las compras más contenido. Quizás la insistencia de mi madre sobre mi egoísmo funcionó, o quizás fueron mis cursos sobre sociología en la universidad, que me conectaron con las grandes disparidades entre los ricos y los pobres.

Probablemente también ayudó el que poco después de graduarme en la universidad decidiera probar mi mano en la escritura profesionalmente. Embarcarme en una carrera que sabía que probablemente nunca me haría millonario incluso si alcanzaba el éxito, fue una buena forma de examinar mis prioridades. El tiempo que empleaba en mi juventud en ansiar y comprar cosas nunca me hizo feliz. Escribir sí. Elegí escribir, y un día el deseo de tener un Lamborghini en mi garaje dejó de excitarme. Es más, incluso me resultaba asqueroso.

Cuando pienso en la principal diferencia entre niños y adultos, no es en las diferencias físicas en lo que pienso. Tampoco pienso en el vasto hueco entre el cúmulo de conocimientos de alguien ya mayor y el de un crío, o el hecho de que los adultos deben preocuparse de pagar facturas y contratar un seguro médico mientras los niños están metidos en otros problemas. Más que eso, la diferencia más importante entre la gente joven y la gente mayor es que la gente mayor ha empezado a entender la diferencia entre deseos y necesidades.

Si le dejamos que haga lo que le de la gana, un niño puede volver de un viaje al supermercado como un orgulloso propietario de cinco libras de regaliz, 600 galletas y una pistola de agua. Es una responsabilidad del adulto recordar al chaval que es alérgico al regaliz, que ya tiene cinco pistolas de agua y que si gasta todo el dinero en galletas no tendrán para detergente o bombillas o medicinas.

Escucharás a veces cierta melancolía por parte de los adultos por los días en que eran críos, cuando eran «jóvenes y libres». Los niños tienen menos responsabilidades que los adultos, ciertamente, pero difícilmente son libres, en la medida en que están atados a sus impulsos y su deseo de imitar lo que está de moda, lo que ocasionalmente les conduce a ser egoístas y a estar en peligro. Para mí, la huella del adulto —un adulto de verdad, no alguien que entra en la definición legal de la palabra— es la sabiduría de conocer la diferencia entre deseo y necesidad, y la habilidad de ignorar los impulsos y las influencias que conducen a la gente a embarullar sus vidas con un montón de estupideces superfluas.

Ser un buen escritor, sin importar el género, es librar una batalla similar contra el barullo. El trabajo de un escritor es destilar un montón de cosas a sus elementos más potentes. Tienes que editarlas, eliminar ese ruido que se cuela a través de la vida, complicándola, a fin de encontrar un pedazo de verdad que poner en un papel y compartir con el lector. Un buen escritor se convierte en experto en separar lo que quiere escribir de lo que necesita escribir, ocasionalmente extirpando hermosas frases con tenacidad implacable si estas no encajan bien en el texto.

A veces pienso en mi trabajo cuando pienso en qué tipo de vida me gustaría llevar, y viceversa. Pienso en las virtudes del ascetismo. Pienso en lo monástico que puede ser buscar entre cientos de miles de palabras y escoger una. Pienso en usar solo lo necesario.

Dije al principio de este ensayo que estoy escribiendo porque tengo miedo de ser pobre, y que este miedo me empuja a aceptar cualquier encargo que me ofrezcan. Pero la realidad es que estos días estoy ganando más dinero de lo que he ganado en mis seis años de escritura profesional. Tengo un apartamento que me gusta en un barrio caro de Los Ángeles. Viajo. Tengo seguro sanitario y dental. Aunque sigo teniendo miedo de perderlo todo y acabar arruinado —como quizás siempre tendré— lo que me preocupa ahora es el pensamiento de que esta comodidad me erosione lentamente. Me preocupa que lo que alimentaba mi habilidad como escritor y lo que condujo mi ambición fuera el miedo a no ganar dinero haciendo lo que amaba, y que, a medida que ese espectro va aflojando su agarre sobre mi garganta, yo acabe perdiéndome en una contenta irrelevancia.

Me preocupa ser pobre, pero también me preocupa tener mucho dinero, lo cual imagino que puede ser igual de dañino para el espíritu de una persona que para las habilidades de un escritor. Asumiendo que el escritor se debe a la verdad, ¿cómo de bueno es aquél que se rodea de televisores enormes y joyería y coches que cuestan el Producto Interior Bruto de un país del tercer mundo? ¿Cuánto acceso a una realidad sin adornos tiene alguien que se relaciona con el mundo a través de las lunas de los coches y gafas de sol de Versace y servicios de aparcacoches?

En mi casa tengo ahora una mesa, cuatro taburetes y una silla. Tengo arte sobre las paredes, mucho del me lo han dado amigos íntimos. Tengo una cama. No tengo televisión. No tengo ningún iPad. No tengo un Kindle. No tengo coche. La gente se ríe de mí por ir en autobús en Los Ángeles, donde no tener coche se compara con ser parapléjico, pero me gusta. Me gusta que eso me fuerce a interactuar con gente a la que de otra forma no vería. Me gusta que sea un inconveniente. Me gusta que sea incómodo. Aunque sé que rompería el corazón de mi niño de diez años interior, ahora mismo leería antes el libro de alguien que va en autobús que de alguien que conduce un Lamborghini.

Escribir este artículo ha sido inconveniente, y estoy absolutamente seguro de que es imperfecto. Como dije antes, yo no debería estar escribiendo esto, especialmente por lo poco que me van a pagar —y sin embargo el dudar hacer algo que no es lucrativo es exactamente el motivo por lo que lo he escrito. Seis años atrás habría suplicado por escribirlo gratis. No quiero olvidar eso.

 

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