Las ecuaciones frías y el riesgo moral

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Traducción de un original de Cory Doctorow en Locus Online Perspectives

El legendario editor Gardner Dozois dijo en una ocasión que el trabajo de un escritor de ciencia ficción era fijarse en el coche y en el cine y anticipar el autocine – y de ahí a predecir la revolución sexual. Me encanta esa frase, porque subraya el papel de la ciencia ficción a la hora de examinar las consecuencias sociales de la tecnología – y porque muestra cómo de limitadas son nuestras imaginaciones sociales. Hoy podríamos pedirle al escritor de CF que predijera el cómo convencer a los adolescentes de la nación de llevar una identificación fotográfica (el carnet de conducir) como condición previa para participar en la revolución sexual montó la escena para la nación de las bases de datos, la idea de que las personas son el tipo de cosa que puedes contar y contabilizar, con el tipo de precisión que se sabe que la NSA va a aportar al problema.

Lo que más atesoro de la ciencia ficción es su utilidad como herramienta para pensar acerca de la relación entre el cambio tecnológico y los seres humanos. Por esto valúo tanto el “diseño ficción”: un arquitecto puede hacer una visualización que te guía a través de un edificio todavía sin construir, un ingeniero puede construir un prototipo que te muestre lo que está pensando en inventar, pero a través del diseño ficción, un escritor te puede mostrar los sentimientos de una persona que viva con esa tecnología. Ese es el tipo de contribución que podría cambiar el resultado de un debate sobre que tecnología debemos hacer y cómo debemos usarla.

Como tú, soy un ser humano que vive en una época de una revolución tecnológica sin precedentes, y como tú, soy una persona que lee mucha ciencia ficción. Toda pregunta de hoy, desde el cambio climático a la educación, desde la justicia social a la salud pública, es una pregunta intensamente tecnológica. Como tú, analizo de forma inconsciente preguntas tecnológicamente complejas a lo largo del día: en el supermercado, en la oficina, en casa, y en el resto del mundo. Mis sensaciones de la vida diaria están acompañadas a menudo por escenas recordadas de historias y novelas.

Dos de estos relatos me han venido a la mente más a menudo que el resto últimamente, y no por su sabiduría: más bien porque representan las peores partes de la miopía moderna. Presentan un tipo de plan para el desastre, una ceguera destructiva y obstinada cuyo autoengaño se muestra a la perfección en estos dos clásicos de la CF.

La primera es “Las ecuaciones frías” (“The Cold Equations”), el clásico de Tom Godwin de 1984 sobre un piloto de transbordador que tiene que matar a una chica que se ha colado de polizón en su nave. El piloto, Barton, tiene la misión de llevar medicina a un grupo de exploradores en un planeta distante. Han contraído una enfermedad letal, y sin la medicina, morirán. El piloto acaba de salir, cuando ve que su indicador de combustible baja más rápido de lo que debería. De esto deduce que hay un polizón a bordo y tras buscar, descubre a una chiquilla.

La chiquilla se ha metido en la nave para reunirse con su hermano, que está en el mundo que ha sido atacado por la plaga (aunque está a un continente de la epidemia). Cree que va a ser multada por haber roto las reglas, pero entonces un apenado Barton le explica los hechos del universo. La nave de rescate sólo tiene el combustible necesario para llegar al planeta, y con el peso adicional, no llegará. Hay que lanzarla fuera de la nave, de otra manera los exploradores enfermos morirán. Si Barton pudiera, se sacrificaría para dejarla vivir, pero ella no podrá aterrizar la nave. Está fuera de su control.

Al entender la verdad, la chica llora y protesta: “¡No hice nada!”

Pero nosotros sabemos que sí, al igual que Barton – y al final, ella lo entiende también. Ha violado las leyes de la física. Las ecuaciones están ahí, y dicen que ella deberá morir. No porque el universo tenga sed de venganza. No hay pasión en su muerte. Debe de morir porque las frías e inescapables matemáticas de la situación lo exigen.

Barton quería que ella viviera. Por lo que parece, el editor John W. Campbell devolvió tres correcciones en las que el piloto se inventaba una manera de salvar a la niña. Estaba plenamente convencido de que el universo debía de castigar a la niña.

El universo no estaba castigando a la niña, sin embargo. Godwin lo estaba haciendo, así como Barton (aunque a regañadientes).

Los parámetros de “Las ecuaciones frías” no son las inescapables leyes de la física. Sal de los bordes de la página y verás que las manos del autor han preparado el escenario para que la plaga, el mundo, el combustible, la chica y el piloto están guiados para que su ejecución sea inevitable. El autor, no la chica, decidió que no había ningún piloto automático que pudiera aterrizar la nave sin Barton. El autor decidió que la plaga era fatal para todos los implicados, y que la vacuna necesitaba ser entregada en una ventana de tiempo que sólo podía conseguirse con la ejecución del polizón.

Es un ardid, entonces. Circunstancias preparadas para un asesinato justificable. Una estafa elaborada que convierte al pobre piloto – y la compañía a la que sirve – en víctimas tanto como la chica muerta es una víctima, forzados por las circunstancias y la inocencia infantil a manchar sus almas con el asesinato.

El riesgo moral es el término del economista para una regla que anima a la gente a portarse mal. Por ejemplo, una ley que dice que no eres responsable de la contaminación de tu fábrica si no conoces de su existencia anima a los dueños de las fábricas a ignorar los desagües de sus factorías – convierte la ignorancia obstinada en una estrategia provechosa.

“Las ecuaciones frías” es el riesgo moral en acción. Es una historia diseñada para excusar a los operadores de la nave – desde los ejecutivos al control de tierra pasando por el piloto – para definir estándares sin un margen de seguridad. Una nave sin piloto automático, sin reservas de combustible, ni margen de emergencias en los cálculos del mismo.

“Las ecuaciones frías” nunca pregunta por qué los exploradores fueron a otro planeta sin un suministro de medicinas. Nunca pregunta qué tipo de fallo en el protocolo sanitario llevó a que la enfermedad se expandiese en ese mundo distante e inexplorado.

“Las ecuaciones frías” tira todas y cada una de estas preguntas por la escotilla junto con la niña. Nos dice a ladridos que ahora no es el momento de señalar con el dedo, porque hay una emergencia. Que ahora es el momento de aunar esfuerzos, el momento de que todas las niñas tontas mueran para salvar a los valientes exploradores de una muerte segura, y no el momento de echar culpa.

Pero si la crisis que tú mismo has montado no es el momento para echar culpas, la estrategia óptima es que la crisis nunca termine.

Lo que me lleva a Farnham’s Freehold, una firme candidata para la más ofensiva de las novelas de Heinlein. Publicada en 1964, se ambienta en un holocausto nuclear y un mundo postapocalíptico en en el que los afroamericanos son líderes y han esclavizado a los blancos restantes, a los que ocasionalmente se comen. Increíblemente, esto no califica de forma automática al libro Más Ofensivo de Heinlein, porque su máquina de escribir también produjo libros como Sixth Column (América bajo el cruel dominio del Peligro Amarillo), Friday (sí, claro, la violación es mala, pero relájate y disfruta, ¿no?) y I will fear no evil

La mayor parte de la crítica de Farnham’s Freehold se centra en su evidente racismo, y de forma secundaria, en su repugnante sexismo. Pero para este ensayo, nos centraremos en “Las reglas del bote salvavidas”.

Hugh Farnham, el héroe de Farnham’s Freehold, tiene una jugada característica: cuando alguien se muestra en desacuerdo con él, ladra “¡Reglas del bote salvavidas!” y da una palmadita en su revólver. Hugh Farnham es el propietario de un refugio atómico que ha logrado, gracias a su previsión y su elección del momento oportuno, rescatar a su familia y algunos de sus amigos. El refugio es su “bote salvavidas”, lo único que se encuentra entre ellos y la muerte segura en un universo indiferente donde las frías ecuaciones de la fisión nuclear dictan que las reglas deben de seguirse.

El pobre Hugh es un buen tío, pero tiene la responsabilidad de ocuparse de los pasajeros de su bote salvavidas. Eso significa que tiene que portar el arma y amenazar a sus amigos y familia con violencia letal si se salen de la raya. Es por su propio bien.

El Hugh Farnham de Heinlein es un personaje que está en cargo de absolutamente todo menos de las circunstancias que le han llevado a tener que presionar, persuadir y aterrorizar a la gente que le rodea. Es ese personaje porque Heinlein le escribió de esa forma.

A veces te encuentras en un bote salvavidas donde un simple movimiento estúpido puede matar a todo el mundo. Pero un escritor de ciencia ficción cuyo límite de la historia se expande sólo hasta los bordes del bote y no más allá – no a la economía política que ha convencido a una nación para que construyan refugios atómicos en sus patios en vez de levantarse en masa contra la Destrucción Mutuamente Asegurada, digamos – es un escritor de ciencia ficción que ha visto el coche y la película y ha inventado el autocine sin siquiera pensar acerca de la revolución sexual o la nación de las bases de datos.

La cosa de las Ecuaciones Frías es que no son el producto de la insensible física. Están parametrizadas por seres humanos.

La cosa de las reglas del bote salvavidas es que siempre son muy favorecedoras para el capitán del bote.

Incluso los santos se exasperan con otros humanos de vez en cuando. Qué maravilla sería si el resto del mundo se diera cuenta sin más de que lo que es mejor para ti es, simplemente, el mejor camino a tomar. Ese es el riesgo moral en las Ecuaciones Frías, la crisis existencial de las reglas del bote salvavidas. Si estar en un bote salvavidas te da el poder para que todo el mundo se calle la puta boca y escuche (o si no…), no sería increíblemente conveniente si el barco se hundiera?

Cada vez que alguien te diga que el medioambiente es importante, sí, pero que no nos podemos permitir arrancarle un mordisco a la economía para mitigar el calentamiento global, pregúntate que hay fuera del marco en esta ecuación fría. Cada vez que escuches que la educación es vital y que ocuparnos de los pobres es nuestro solemne deber, pero que todos tenemos que apretarnos el cinturón mientras nuestro bote salvavidas se tambalea en el medio de este mar precario y agitado por la crisis, pregúntate si el capitán del bote ha tenido algo que ver con el hundimiento del barco.

La ciencia ficción se supone que tiene que enseñarnos a pensar sobre el futuro. La deshonestidad intelectual en “Las Ecuaciones Frías” y “Farnham’s Freehold” no son incidentes aislados, sin embargo: son argumentos recurrentes que siguen funcionando hoy (échale un vistazo a la pelea de Sandra Bullock con las ecuaciones frías de Gravity si no me crees, y ve a Jack Bauer torturar a un terrorista en 24 para ver algunas reglas de bote salvavidas modernas).

Estas historias tienen algo que enseñarnos, así es: que las historias sobre cómo no podemos permitirnos ceñirnos a nuestros valores en época de crisis son un añadido bastante bueno al manual del autoritario, un buen amigo al plutócrata, y huelen a mierda interesada cada vez que se utilizan.

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