Cuando perdamos los antibióticos, también perderemos esto

0
630
Traducción de un original de Maryn McKenna en Wired

Esta semana, las autoridades sanitarias de Nueva Zelanda han anunciado que la nación isleña, en cuarentena permanente — el único lugar en el que he estado donde te hacen rayos x tanto al entrar como al salir — ha tenido su primera ocurrencia de una bacteria inmune a las medicinas, así como su primera muerte causada por ésta. Del New Zealand Herald:

En Enero, mientras enseñaba inglés en Vietnam, Brian Pool sufrió una hemorragia cerebral y fue operado en un hospital vietnamita.

Se le llevó al hospital de Wellington, donde unas pruebas encontraron que llevaba la cepa bacteriana conocida como KPC-Oxa 48, un organismo que rechaza cualquier tipo de antibiótico.

El microbiólogo clínico del hospital de Wellington, Mark Jones, dijo: “Nada le afectaba. Absolutamente nada. Es la primera que veo que resiste a todos los antibióticos conocidos.”

La muerte de Pool es una tragedia espantosa. Pero también es una lección doble: nos enseña que la resistencia a los antibióticos se puede extender por todos lados, sin importar las defensas que pongamos, y demuestra que estamos a punto de entrar en una nueva era histórica. Jones, el doctor que trató a Pool, dice en la noticia arriba relatada: “Este hombre estaba en la era postantibiótico.”

“La era postantibiótico” es una expresión que se escucha a menudo estos días, la mayor parte de las veces sin que la gente se detenga a pensar lo que significa de verdad. Hace un año, empecé a preguntarme cómo sería la vida, si dejáramos de tener antibióticos. Food and Environment Reporting Network me encargó y editó un artículo de cuatro mil palabras que se publica hoy en Medium, “Imaginando un futuro post-antibiótico” – una visión desde un punto ya lejano al milagro de los antibióticos.

Si de verdad perdiéramos los antibióticos debido a la resistencia bacteriana — y no estamos muy lejos, creéme — esto es lo que perderíamos. No sólo la capacidad de tratar con enfermedades infecciosas: eso es obvio.

También perderíamos la capacidad de tratar el cáncer, y de transplantar órganos, porque para hacer esto de manera exitosa se requiere reprimir al sistema inmune, haciéndonos vulnerables a la infección. Cualquier tratamiento que requiera una puerta permanente al torrente sanguíneo, por ejemplo, la diálisis. Cualquier operación abierta, en el corazón, pulmones o abdomen. Cualquier cirugía en partes del cuerpo que ya tengan una población bacteriana: intestinos, vejiga, genitales. Aparatos implantables: caderas, rodillas, válvulas cardíacas. Cirugía plástica. Liposucción. Tatuajes.

Perderíamos la capacidad de tratar a las víctimas de accidentes traumáticos, desde el choque de un coche hasta que tu niño se caiga de un árbol. Perderíamos la seguridad del parto moderno: antes de la era del antibiótico, cinco de cada cien mujeres morían durante el parto. Una de cada nueve infecciones de piel mataban. Tres de cada diez personas que sufrían neumonía fallecían.

Y perderíamos, también, una buena parte de nuestro moderno suministro alimentario. La mayoría de la carne que comemos en el mundo industrializado se cría con el uso rutinario de antibióticos, para engordar al ganado y protegerlo de las condiciones en las que se crían a los animales. Sin esas medicinas que mantienen sano al ganado en las granjas factoría, perderíamos la posibilidad de criarlos de esa manera. O los animales enfermarían, o los granjeros tendrían que alterar sus prácticas de cría, gastando más dinero cuando sus márgenes ya son pequeños. De esta manera, la carne — y el pescado, y el marisco, criados también con antibióticos abundantes en las piscifactorías de Asia — sería mucho más cara.

Y no sólo la carne. Los antibióticos se usan en la agricultura, especialmente en la fruta. Ahora mismo, una versión resistente a los antibióticos de la enfermedad Fuego Bacteriano está atacando las cosechas americanas. Sólo queda una droga para luchar contra ella. Y cuando las grandes cosechas se pierden, también desaparece la economía granjera local.

Si me llevas leyendo un tiempo, sabrás que escribo sobre la resistencia antibiótica en la medicina humana y en la agricultura (incluso escribí un libro sobre ello). Pero algo personal me empujó a escribir esto. Por casualidad, recibí una copia de mi tío abuelo Joe, el hermano menor de mi abuelo.

Mientras crecía oí hablar de Joe, ya que todo el mundo decía que mi padre se le parecía. Todo lo que sabía era que era atractivo y que murió joven, y que su muerte fue trágica. Era un bombero de Nueva York, así que siempre asumí que murió en un fuego. Me equivocaba. Murió de una infección, cinco años antes de que la penicilina entrara en escena.

La muerte de Joe fue lenta y terrible, y cambió a mi familia para siempre. Setenta y cinco años después, nos gustaría pensar que las muertes como la suya son imposibles. Pero no lo son; tal y como muestra la noticia de Nueva Zelanda, está volviendo a ocurrir. Nos quedan algunas oportunidades para evitar esto, pero sólo unas pocas, y muy poco margen para equivocarnos. Espero que las aprovechemos.

No hay comentarios

Deja un comentario