Internet no daña nuestro amor de la lectura en profundidad

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Traducción de un original de Steven Poole en The Guardian

¿Están los jóvenes perdiendo la capacidad de leer correctamente? A decir verdad, deseo de todo corazón que así fuera, ya que así podría conseguir un asiento decente en la Biblioteca Británica, que en las vacaciones universitarias siempre está a rebosar con estudiantes. ¿Pero, qué pasa con esos chavales que se pasan el día en Facebook y en Twitter y no se pueden concentrar en algo más largo que un trocito de sonido? Esta supuesta generación hiperactiva, y también aquellos de sus mayores que han sucumbido a los encantos de Internet, pueden ser los responsables de que la especie humana pierda el “cerebro de la lectura profunda”. Al menos, esa es la preocupación expresada por un grupo de escritores y neurocientíficos que se hacen llamar el Movimiento de Lectura Lenta.

En nuestra cultura de la neurociencia excitable, muchos argumentos de ese tipo utilizan la atractiva palabra “cerebro” y así suenan objetivamente científicos, pero a decir verdad son argumentos socioculturales. Sin duda alguna hay muchos tipos de desarrollos neuronales específicos (es decir, tipos de “cerebro”) que se han perdido en las nieblas de la evolución, y cuya ausencia no tenemos ningún motivo para lamentar. Pocas personas en las sociedades industriales avanzadas de hoy, por ejemplo, crecen desarrollando las habilidades mentales requeridas para matar grandes y sabrosos mamíferos con una lanza bien arrojada. Pero no leemos historias llenas de preocupación sobre cómo hemos perdido el “cerebro para la caza del antílope”. Así que se necesitan pruebas de que el “cerebro para la lectura profunda” es algo digno de valorar. Y esto nunca será una cuestión (neuro)científica; es una cuestión cultural.

Da la casualidad de que yo valoro la lectura profunda; quizás, tú también lo hagas. Y, de forma bastante obvia, también lo hacen todos los jovenzuelos a los que veo a diario en el transporte público londinense leyendo libros de más de setecientas páginas tales como la saga de Juego de Tronos, 50 sombras de Grey o el nuevo libro de Donna Tartt. Stuart Jeffries ha escrito de forma persuasiva sobre la popularidad de dichos tochos, así como las modernas y complejas series de televisión. Puede que ésta sea la cultura no del déficit de atención, sino de “una riqueza de atención enfocada con ganas en las cosas que lo merecen”.

Por supuesto, Internet puede ser una gran distracción; sin ir más lejos, estás leyendo esto. Es cierto que leer por encima es tentador, que el estar sobrecargado de información se lleva en algunos sitios, de forma perversa, como medalla de honor; y que la petición para que se escriba el “para llevar” (o como algunos dicen, el “tl;dr” de un artículo largo hace de portavoz de un instrumentalismo primitivo de la era de la información. Y esta nueva era de las aplicaciones de lectura rápida tales como Spritz no ayuda, ya que está bien demostrado que cuanto más rápido lees, menos información retienes sobre esa cosa que estuvieras ojeando.

Y aun así, la idea que se esconde tras esas pesimistas declaraciones — la de que todos somos esclavos del leer por encima, y que estamos permitiendo que nuestros cerebros se atrofien — suena fantásticamente condescendiente, igual que lo pareció en The Shallows, de Nicholas Carr. Este tipo de fatalismo paternalista se ve refutado una y otra vez por la venta de los bestsellers de literatura juvenil, así como por los investigadores que se molestan en averiguar lo que de verdad hacen los jóvenes.

De acuerdo a Born Digital, de John Palfrey y Urs Gasser, por ejemplo, el “proceso de adquisición de noticias” de una adolescente alternaba entre la lectura por encima y la lectura en profundidad cuando encontraba algo que valiera la pena.

Y artículos como esos — nutritivos, densos, largos — se están popularizando en la misma red a la que los pesimistas culpan de destruir nuestra capacidad de concentración. Más y más startups de revistas online están dedicadas a reportajes en profundidad o debates felizmente atípicos, todo ello a lo largo de miles y miles de palabras hermosamente maquetadas. Algunos dirían que hasta de manera ideal para la lectura lenta.

Para mí, la única pega es mi alergia insuperable al término genérico, kitsch e infantiloide que se le ha puesto a ese tipo de artículos: “largas lecturas”. (No llamamos a los álbumes “largas escuchas”, o a las cenas épicas “largas comidas”.) La alternativa, “Formato largo” es un oxímoron – la longitud de un artículo no es un formato. ¿Qué tiene de malo la palabra “ensayos”? Presumiblemente los literatos de la vieja escuela del Movimiento de Lectura Lenta puedan aceptar ese término.

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