Tu grasa tiene cerebro y está intentando matarte

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Traducción de un original de Bill Gifford en Outside Online

Phil Bruno estaba atiborrándose de nuevo. Acababan de pasar las cinco y media de una tarde de primavera de 2004, y estaba conduciendo a casa desde el trabajo. Entró en un White Castle, una de las muchas tiendas de comida rápida en la Ruta 100 a la altura de Manchester (Missouri), un suburbio de St. Louis. Estaba a menos de dos kilómetros de su casa, donde Susan, su mujer, estaba preparando la gran cena italiana habitual para su familia de cinco, pero tenía hambre en ese momento. El ansia le vino de forma automática.

Diez minutos más tarde, con una bolsa de hamburguesas en el asiento del conductor, aparcó en un McDonald’s y pidió un Doble Cuarto de Libra con queso, un pastel de manzana y un batido de chocolate para bajar la comida. “Lo hice porque me avergonzaba pedir demasiado de un sólo restaurante”, me explicó Phil. “No quería que la persona de la ventanilla me mirara mal”.

A Phil siempre le encantó la comida, parte indispensable de su familia siciliano-americana: la abuela y su lasagna estaban en su misma calle. Fue atlético en su juventud, y jugó al fútbol americano en el instituto con un cuerpo robusto pero razonable – 100kg en 1.90 de estatura. Entonces, cuando pasó de los veinticinco, dejó de hacer ejercicio, como la mayoría cuando la vida real empieza a quitarnos el tiempo. Al pasar los años, las comidas diarias y sus atracones hipercalóricos le dejaron hecho un estropicio físico y mental. Le dolían las articulaciones cuando subía las escaleras, su corazón martilleaba, y le quemaba una extraña y ardiente sed que ninguna cantidad de agua helada podía saciar. “Tenía 47”, decía, “pero me sentía como si tuviera 80.”

Empujado por un amigo, Bruno se decidió a ir a ver al médico de cabecera de su familia, Don Livingston, a principios del 2004. Los resultados eran horrorosos: tenía la tensión arterial por las nubes (230-150), el azúcar en sangre se salía del gráfico, y su A1C (un marcador sanguíneo importante para la diabetes) era 16, cuando debía de haber estado por debajo de 6. Pesaba la cifra destrozabásculas de 213kg.

Phil había desarrollado diabetes del tipo 2, pero ése era sólo uno de sus problemas. Al salir de la oficina del médico llevaba recetas para doce medicamentos y suplementos diferentes: desde aceite de pescado a medicinas para la tensión sanguínea, Lipitor para el colesterol, Glucophage para su diabetes… Y nunca olvidó las ominosas palabras del Dr. Livingston al final de la visita. “Phil”, dijo, “en cualquier momento la palmas.”

Todo el mundo sabe que estar gordo es malo, pero una gran mayoría no sabe exactamente por qué. Algunas razones son obvias. La grasa tiende a ir de la mano con la diabetes, y un mayor peso significa más presión sobre las articulaciones y el corazón. Para los investigadores, sin embargo, es más desconcertante el hecho de que el exceso de grasa parece estar relacionado con el cáncer de riñones, colon e hígado, e incluso con el deterioro cognitivo.

Hasta hace bastante poco, se pensaba que la grasa era inerte, un simple modo temblequeante de almacenar energía cedido a los humanos por la evolución. Y sabemos desde hace tiempo que es mejor tener un ligero sobrepeso que estar por debajo del peso ideal, como reitera un estudio reciente del Periódico de la Asociación Médica Americana.

A partir de los 90, sin embargo, los científicos empezaron a darse cuenta de que la grasa se entendía mejor como una sola y gigante glándula endocrina, una con enorme influencia y poder sobre el resto del cuerpo. “Para un norteamericano medio, su tejido graso es el mayor órgano”, dice James Kirkland, M.D., director del Centro de Envejecimiento Robert y Arlene Kogod de la Clínica Mayo.

No todo lo que rodea a la grasa es malo, por supuesto. El tejido graso bajo la piel, conocido como grasa subcutánea – el tipo de grasa que hace que la gente joven aparezca atractiva – es, básicamente, un relleno que protege al cuerpo de lesiones, a la vez que ayuda a pelear contra infecciones y a curar heridas. La grasa subcutánea produce una hormona importante llamada adiponectina, que parece controlar el metabolismo y proteger contra ciertos cánceres, entre los cuales está el de mama.

La mala noticia es que, conforme envejecemos, perdemos poco a poco esta grasa buena, uno de las razones detrás de que las manos se vuelvan más huesudas. En su lugar, tanto los hombres como las mujeres tienden a acumular grasa grumosa en la barriga y alrededores. En la última década, Kirkland y otros científicos han descubierto que esta grasa, la grasa visceral, se infiltra en nuestros órganos vitales, bañándolos en un desagradable revoltillo químico que destroza nuestro cuerpo. La grasa visceral produce unas proteínas avisa-células llamadas citosinas, entre las cuales se incluyen IL-6 (Interleucina 6), la cual causa inflamación crónica, y FNT-alfa, (factor de necrosis tumoral), relacionada con el cáncer.

Kirkland y otros investigadores piensan que, además de otros problemas asociados con la diabetes y las enfermedades cardíacas, la grasa puede ayudar a acelerar el proceso de envejecimiento. En un experimento de 2008, los científicos del Colegio de Medicina Albert Einstein de la Universidad de Yeshiva quitaron de forma quirúrgica la grasa abdominal de ratas de laboratorio obesas, descubriendo que éstas vivían bastante más que sus primas regordetas. En un estudio más reciente, el equipo del Colegio descubrió que la extracción de la grasa prevenía el cáncer colorrectal en ratones que estaban predispuestos genéticamente a esta enfermedad.

Por desgracia para Phil Bruno, la cirugía no era una opción: la liposucción sólo extrae la grasa subcutánea buena, debido a lo cual diversos estudios recientes han asociado el procedimiento con resultados de salud negativos. En los humanos, según afirma Nir Barzilai, la grasa visceral no puede ser eliminada con seguridad al estar tan entretejida con los órganos y los vasos sanguíneos. Así que Bruno decidió recurrir a la única parte de su cuerpo lo suficientemente poderosa como para derrotar a la grasa: sus músculos.

El seis de junio de 2004, más o menos un mes tras el diagnóstico, Bruno hizo lo único que su médico no le había recetado: entró a un gimnasio. El doctor Livingston le sugirió que perdiera peso, pero no llegó a recomendarle hacer ejercicio. Eso es típico. Según un estudio, menos de la mitad de los médicos americanos hablan de ejercicio físico con sus pacientes.

Tras chequearse el corazón con una prueba de estrés —era más grande de lo normal, pero tenía las arterias limpias gracias al aceite de oliva de la abuela— Phil entró en el Gold’s Gym local en una mañana de domingo. Miró a su alrededor con inseguridad antes de quedarse con la única máquina que parecía segura para un hombre de más de doscientos kilos: la bicicleta estática. Se subió a ella y consiguió pedalear durante cinco minutos antes de tener que parar, asfixiado, boqueando y sintiéndose cohibido. Aun así, volvió al día siguiente, y al próximo. En breve tiempo consiguió aguantar la media hora en la bici, dejando cada vez un charco de sudor más grande en el suelo. Veía cada gota de sudor como un goterón de grasa abandonando su cuerpo, un pequeño paso más hacia su meta.

En esas primeras semanas en el gym, Bruno pasaría a menudo por la puerta de un estudio acristalado de ciclismo indoor. Con la música martilleante, con esos cuerpos ágiles pedaleando en las bicis estáticas, la habitación parecía estar fuera del alcance de alguien como él. Bruno tardó un par de semanas en reunir el valor para entrar a una clase. La monitora, una rubia en forma, se acercó y le saludó. “Soy Beth”, dijo, sonriente. “Vamos a ayudarte a empezar”.

Beth Sanborn era una triatleta local que estaba entrenando para su segundo Ironman. Ayudó a Bruno a mantenerse motivado mientras sufría durante los cuarenta y cinco minutos de clase, resoplando y pedaleando. Pronto se convirtió en un asiduo, presentándose seis veces a la semana. Llegó a conocer a todo el mundo, y su personalidad animada le hizo el ojito derecho de los monitores. “Nunca vi a nadie tan grande”, recuerda Sanborn. “Era el que más trabajaba en su grupo. Era un hombre con un objetivo, eso está claro.”

Bruno a menudo pedaleaba hasta que sus pantalones se ensangrentaban, ya que no se fabrican pantalones de deporte (o asientos de bici) capaces de poder con doscientos kilos de peso. “No era agradable de ver”, dice Bruno. En septiembre, decidió apuntarse a un desafío aún mayor: haría una carrera de cien millas, un siglo para combatir la Esclerosis Múltiple, una enfermedad con la que su mujer había sido diagnosticada unos años atrás. Llevaba veinte años sin montar en una bici, pero sacó su vieja Trek del sótano, la limpió y la llevó al taller.

Consiguió llegar a la milla 63, parando en una leve rampa cuando la carretera empezó a parecer derretirse y tambalearse. Sintió un dolor en su corazón, y de forma ominosa había dejado de sudar, una posible señal de un golpe de calor. La furgoneta de apoyo se detuvo, y el equipo fue a ayudarle, agarrándole de los brazos para evitar que se cayera al suelo. “En ese momento pensé que si moría ahí mismo en la carretera”, me contó Bruno, “al menos estaría haciendo algo para cambiar mi vida.”

Sin saberlo, Phil había empezado una guerra por el control de su cuerpo, con la grasa a un lado y el músculo en el otro. Al igual que se creía que la grasa era neutral, se consideraba que el músculo era sólo un órgano pasivo que simplemente hacía lo que el cerebro le dijera. Pero ahora sabemos que el músculo es uno de los sistemas más dinámicos del cuerpo; cuando se contrae, pasa por enormes cambios a nivel celular. Y la grasa es su enemigo mortal.

En cualquier persona inactiva y sedentaria —incluyendo a la gente que no está obesa— la grasa invade los músculos, colándose entre las fibras musculares como el veteado en las terneras de Wagyu. Aún peor, la grasa se infiltra en las células musculares en forma de gotitas lipídicas que enlentecen a las células. De acuerdo con Gerald Shulman, un investigador de la diabetes en Yale, estas acumulaciones de grasa, que ocurren tanto en el hígado como en los músculos, bloquean un paso clave en la conversión de la glucosa, llevando a la resistencia a la insulina que es un requisito previo para la diabetes. Esto explica por qué algunas personas sedentarias de peso normal siguen teniendo riesgo de contraer la enfermedad. “No es cuánta grasa tengamos, sino cómo esté distribuida.” afirma Shulman. “Cuando la grasa se acumula donde no debe, en las células del músculo y del hígado, lleva a la diabetes de tipo 2.”

En un nivel estrictamente mecánico, más grasa significa menos músculo, lo que significa menos mitocondrias, las fuentes de energía que abundan en el tejido muscular. La mayoría de la grasa no contiene apenas mitocondrias. Eso explica uno de los problemas de la obesidad: cuanta más grasa acumules, más difícil se te hace quemar esa energía guardada.

Con su ciclismo intenso, Bruno estaba haciendo crecer nuevo músculo, obviamente, y eso ayudó. “Cuanto más músculo tengas, más mitocondria tienes, y más grasa quemas.”, dice Iñigo San Millán, un fisiólogo de la Universidad de Colorado de Denver, que ha trabajado con ciclistas de élite durante las dos últimas décadas.

San Millán señala que las fibras musculares lentas, el tipo de músculo más habitual en los atletas de resistencia, tienen una mayor densidad de mitocondrias que ningún otro tipo de músculo, por lo que son mucho más eficientes a la hora de quemar grasa.

Por otro lado, el nuevo tejido muscular de Bruno estaba cambiando su química corporal de formas que la ciencia todavía no llega a comprender.

Durante décadas, los investigadores han sospechado que el músculo ejerce algún tipo de influencia sobre otros órganos, empezando con el hígado, que actúa como el depósito de energía del cuerpo. Cuando entrenamos de forma intensa o durante largos períodos, se le pide al hígado que envíe más glucosa, el combustible primario para la actividad física. Se pensó durante mucho tiempo que estas peticiones corrían a través del sistema nervioso y del cerebro, pero unos experimentos con pacientes con parálisis espinal revelaron que tenía que haber otro camino, ya que sus hígados y sus cerebros seguían respondiendo a la estimulación muscular. Llegaban incluso a experimentar el subidón del corredor..

En el 2003, los biólogos Mark Febbraio (Australia), y Bente Pedersen, de Dinamarca, se dieron cuenta de que el músculo es un órgano endocrino, justo como la grasa, y que el ejercicio físico produce secreciones químicas —a las que llamaron myokinas— que se comunican con el resto del cuerpo. Tal y como dice Pedersen: “El músculo esquelético es el órgano que contrarresta a la grasa”.

Febbraio y Pedersen descubrieron que la myokina más común no era otra que IL-6, la citosina inflamatoria que también es producida por el exceso de grasa. Pero vieron que cuando se libera durante el ejercicio, esta citosina tiene efectos beneficiosos, pidiéndole al hígado que aumente la velocidad a la que oxida la grasa. “Cuando hicimos este descubrimiento, la gente no nos creía, ya que IL-6 es considerada como un factor de riesgo en muchas enfermedades”, dice Febbraio, un antiguo triatleta profesional. “Pero la cosa es que, durante el ejercicio, es de hecho antiinflamatoria.”

La diferencia está en el tiempo. Los pacientes obesos tienden a tener niveles bajos pero constantes de IL-6, que causan inflamación crónica. Cuando los pacientes hacen ejercicio, los niveles de IL6 hacen pico, para luego disiparse al cabo de unas horas. Los pacientes que se ejercitan tienen niveles base de inflamación mucho menores.

Desde entonces, se han identificado docenas de estas myokinas. Febbraio cree que podría haber cientos más, y que son responsables de los efectos beneficiosos del ejercicio. Actúan en los huesos, el páncreas (que libera insulina), y el sistema inmunológico. Los investigadores creen que también actúan sobre el mismo músculo, promoviendo el crecimiento y la curación, así como sobre el cerebro, provocando la liberación del factor neurotrófico derivado del cerebro, que cura y protege a las neuronas.

“Hay cada vez más pruebas que sugieren que el músculo sano lleva a un hígado más sano, a un estómago más sano, un páncreas más sano y un cerebro más sano”, afirma Nathan LeBrasseur, un científico de la Clínica Mayo que se especializa en el tejido muscular.

Nuevas investigaciones en Canadá indican por qué esto podría funcionar. Mark Tarnopolsky, un científico de la Universidad McMaster de Hamilton, Ontario, ha identificado seis compuestos específicos del músculo que causan el crecimiento mitocondrial en todos los tipos de tejido humano.

Una myokina recientemente descubierta incluso intenta convertir a la misma grasa en un sistema consumidor de energía como el músculo. En el 2012, un equipo de Harvard identificó una hormona llamada irisina, secretada durante el ejercicio, que convence a la simple grasa “blanca” —incluso a la grasa visceral— para que actúe como la grasa “marrón”, una forma menos común de grasa, densa con mitocondrias y que quema energía justo como lo hace el músculo. Bruce Spiegelman, el científico de Harvard que lideró el equipo descubridor de la irisina, está buscando un compuesto medicamentoso que pueda provocar su liberación.

Pero Febbraio advierte de que el ejercicio en pastillas no ocurrirá. “No va a pasar nunca, porque los beneficios del ejercicio se componen de múltiples factores”, dice. “Nunca podrías diseñar una medicina capaz de reemplazar al ejercicio.”

Pregúntale a Bruno. Para él, el ejercicio acabó reemplazando a las medicinas.

La grasa es algo tenaz, exigente. La mayoría del tiempo te pide que comas más, una de las razones por las que la mayoría de nuestros intentos de dieta están condenados al fracaso. Nuestra grasa nos quiere mantener gordos, y la mayoría de nosotros carecemos de la impresionante fuerza de voluntad del legendario escocés que de alguna forma consiguió dejar de comer sólidos durante más de un año.

Conocido para la ciencia sólo como A.B., este hombre tenía 27 años y pesaba 204kg en el momento de entrar en el hospital de la Universidad de Dundee a mitad de los sesenta. Con los investigadores animándolo, A.B. empezó a alimentarse a base de sólo vitaminas y levadura, y los científicos midieron su progreso de forma regular. El peso fue bajando, pero lentamente: perdía menos de medio kilo al día. Al final consiguió quedarse en 81kg, pero le llevó 382 días.

João Correia, un ejecutivo de 38 años de una editorial neoyorquina, siguió una versión menos extrema del adelgazamiento por el que pasaron Bruno y A.B. João afirma que el proceso le transformó no sólo el cuerpo, sino también la mente. “Cuando estaba gordo, tenía una relación completamente diferente con la comida.”, dice. Un ciclista profesional en su juventud, Correia dejó de correr en su veintena, trepó en el ámbito editorial de Manhattan y comió demasiadas cenas a cargo de la empresa. A los 20, pesaba 90kg con su 1.75, y siempre estaba hambriento. “Mi habilidad para consumir comida en ese peso era increíble.”, recuerda. “Solía ir a un restaurante, comerme seis platos y un par de botellas de vino.”

La razón es la leptina, una hormona producida por el tejido graso. Por lo normal, la leptina le dice al cerebro “Macho, estamos gordos. Hora de dejar de comer”. Pero los cerebros de la gente obesa se han vuelto sordos a la leptina, así que no oyen el mensaje.

Cuando Correia empezó a trabajar para una editorial orientada al fitness, se dio cuenta de que tenía que hacer algo, así que se volvió a montar en la bici, dando vueltas por Central Park antes y después del trabajo. Empezó a dejar de comer tanto, lo que no fue fácil al principio. De forma inesperada, al disminuir la cintura de Correia, empezó a bajar su apetito. Podríamos pensar que, al quemarse la grasa, bajarían los niveles de leptina, lo que le haría tener más hambre. Pero las investigaciones han demostrado que el ejercicio ayuda a restaurar la sensibilidad a la leptina, así que su cuerpo sabía cuando era hora de dejar de comer. “No solía tener hambre”, dijo. En tres años, había perdido tanto peso y ganado tanta velocidad que se hizo profesional de nuevo, corriendo primero para el equipo Bissell en Estados Unidos, y luego en Europa para el equipo de alto nivel (pero corta vida) Cervélo Test.

No fue tan fácil para Bruno. Para empezar, al contrario que Correia, nunca había sido un atleta de élite. Y aunque el indice de grasa corporal de Correia llegó a 31, justo por encima del borde de la obesidad, el de Phil estaban en 58. Su inmenso tamaño significaba que podría ser inusualmente insensible a la leptina y otras señales de saciedad. Empezar una dieta convencional no funcionaría; ya lo había intentado.

Esta vez, consiguió ser el igual de A.B., aunque con una estrategia completamente diferente. En vez de morirse de hambre, empezó por eliminar los fritos, la comida rápida y los refrescos. En su lugar, él y Susan cocinaban pollo a la parrilla o pescado para cenar, junto con verduras; como aperitivo tomaban fruta fresca y almendras sin salar en vez de patatas fritas. También (casi) dijo adiós a la lasagna.

“Los primeros 20 kilos desaparecieron.”, afirma. “Pero cuando te comes tres Cuartos de Libra con Queso de una vez, cualquier cambio es una mejora.” La meta inicial de Bruno era el poder usar la báscula de casa; al principio, estaba tan gordo que tenía que ir al supermercado a pesarse, en las mismas básculas que usan para pesar los palés de comida. Pero seguía amando la comida, y se seguiría comiendo una pechuga de pollo extra para cenar si se sentía con ganas. Mejor eso que un Cuarto de Libra. Sacó inspiración de figuras tales como Jesucristo o el entrenador de fútbol Tony Dungy.

Al seguir entrenando, Bruno se dio cuenta de que no sólo había perdido peso, sino que también tenía menos hambre. Su sed ardiente había desaparecido, y sus rodillas y caderas estaban mejor. Se volcó de lleno en sus clases de spinning. “Vimos un cambio increíble.”, dice Jim Wessely, un amigo de gimnasio que es jefe de medicina de urgencias en el hospital St. Luke de St. Louis. “Cuando entró, era este inmenso tío, mórbidamente obeso que apenas podía pedalear durante más de cinco minutos. Ahora puede ir a saco.”

Un año después de que a Bruno le diagnosticaran la diabetes del tipo 2, fue al Dr Livingston para hacerse más pruebas. El doctor estaba impresionado: la resistencia a la insulina había desaparecido, y su tensión arterial estaba normal. Su A1C, que estaba en 16, ahora estaba en 5.5. Livingston nunca había visto a nadie hacer eso. Bruno ya no necesitaba sus medicinas.

Aun así, Bruno sabía que le faltaba mucho para estar bien. Debido a su metabolismo, estaba predispuesto a ganar peso. Tenía que luchar de forma constante contra su destino morfológico. Se mantuvo dedicado a su régimen, yendo a clase de spinning cinco o seis días por semana; al final se certificó, y se hizo uno de los instructores más populares de esa sucursal del Gold’s Gym. Implacablemente positivo y un organizador nato, capitaneaba una salida en bici los sábados, y lideró a los Golden Flyers, un equipo de recaudación de fondos de cien personas que participaba en carreras benéficas como el Tour de Cure (para la diabetes) y la MS 150. El ejercicio le consumía. “Trabajo como consejero financiero en Wells Fargo”, dice”, “pero la mayoría de la gente piensa que soy un instructor de spinning en el Gold’s Gym.”

En cuatro años, había perdido más de cien kilos, llevando a su cuerpo por debajo de los ciento veinte. Aun seguía siendo gordo, y seguía sin estar satisfecho. Quería perder esos últimos 20, volver a su peso del instituto. Siguió moviéndose, siguió pedaleando, sabiendo que nunca podía parar. “Es como sujetar una pelota de playa bajo el agua,” me dijo el invierno pasado. “Mientras sigas haciendo lo que estás haciendo, es fácil. En el momento en que paras, ¡bum!, volverá a subir.”

Y entonces, el verano pasado, tuvo que parar. Estaba caminando hacia su coche después del trabajo, en Julio, cuando sus piernas le fallaron. No podía mantenerse de pie; las tenía prácticamente paralizadas. Consiguió arrastrarse a un coche cercano y levantarse sobre el capó. Con la ayuda de dos desconocidos, se desplazó hasta su coche y se metió dentro. Tenía la justa capacidad en su pierna derecha para poder conducir hasta casa.

Bruno fue al hospital esa misma noche, y los doctores estaban desconcertados. Le hicieron una punción lumbar y un TAC, que reveló nervios pinzados por la inflamación en la base de su médula espinal. La causa no era clara; el doctor le dio esteroides para la inflamación, pero le avisó de que podía ser señal de algo mucho más serio, quizás incluso fatal.

nLa inflamación pasó, afortunadamente, pero dejó a Bruno incapacitado para hacer ejercicio, y ya no digamos para dar clases de spinning. Se saltó la carrera por la Esclerosis Múltiple en Septiembre, por primera vez desde 2004. De forma inevitable, el peso comenzó a volver. A finales del verano había recuperado 25kg. Y algunos síntomas de la diabetes habían vuelto.

“Mis piernas parecen llenas de arena, a veces. La sed y el hambre intensas han vuelto, y es difícil respirar. Me siento débil y tengo dolor de espalda.”, me dijo en noviembre. “El ejercicio intenso que he estado haciendo me ha ayudado a llegar hasta aquí, pero siento cómo se desvanece conforme pasa el tiempo. Estoy asustado, deprimido, y no me encuentro nada bien.”

Tuvo otro revés, y estuvo seis días en el hospital con problemas cardíacos: fibrilación auricular, relacionada con el corazón agrandado tras tantos años de sobrepeso. Irónicamente, la fibrilación auricular también se conoce como efecto secundario del ejercicio intenso y de larga duración, especialmente en hombres de mediana edad o mayores.

La última vez que hablamos, en Diciembre, Bruno había empezado nuevas medicinas, para licuar su sangre y prevenir los trombos, así como betabloqueadores para regular su pulso cardíaco. Aun así, se propuso terminar la clase de spinning ese sábado, y se sorprendió a si mismo pedaleando duro durante hora y diez minutos. “Todo el mundo me dio la bienvenida con brazos abiertos”, dijo. “Fue increíble.”

Hace casi nueve años que Phil Bruno entró en la clase de spinning de Beth Sanborn. “Me encanta contarle a la gente la historia de Phil”, dice. “Imagina como debió de haberse sentido entrando en el gimnasio, y no hablemos ya de la clase de spinning. Conozco a gente que no tiene ni veinte kilos de más, y que piensan que tienen que perder peso antes de entrar a entrenar.”

Desde entonces, Bruno ha perdido más de cien kilos, y aunque haya recuperado algo de ese peso, insiste en que todo ese ciclismo ha seguido ayudándole, seguido protegiéndole, incluso mientras recaía. ¿Podrían sus problemas de salud ser una reacción retardada, resultado de haber estado obeso durante tanto tiempo? Él prefiere no verlo así. Cree que habría sido peor si no hubiera entrado en Gold’s ese día. Como dijo recientemente: “La parte buena de toda esta locura, es que el hacer ejercicio durante estos años ha salvado mi vida.”

Bente Pedersen, quien ayudó a descubrir la existencia de las myokinas, estaría de acuerdo. Afirma que el mayor problema de Bruno y la gente como él no es el estar gordo, sino el ser sedentario. En sus trabajos define una enfermedad de inactividad, una colección de consecuencias nefastas para la salud que provienen de la falta de ejercicio físico, independientemente del peso corporal.

“Es mejor estar en forma y gordo”, dice, “que delgado y perezoso.”

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