Cómo tu gato te está volviendo loco

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Traducción de un original de Kathleen Mcauliffe en The Atlantic

Jaroslav Flegr no es ningún chiflado. Y sin embargo, lleva años sospechando que su mente estaba poseída por unos parásitos invasores de cerebros. Así que el prolífico biólogo se llevó al laboratorio su corazonada de ciencia ficción, y lo que está descubriendo te sorprenderá. ¿Podrían unos pequeños organismos, comúnmente portados por gatos domésticos, estar introduciéndose en nuestros cerebros, causando desde accidentes de coche hasta esquizofrenia?

Nadie acusaría a Jaroslav Flegr de ser un conformista. El científico checo de 53 años, un hombre de apariencia descuidada según sus propias palabras, tiene el aire contemplativo de alguien que suele estar perdido en sus propios pensamientos, y su todavía juvenil rostro está enmarcado por una cabellera roja rizado que rodea su cabeza como un anillo de fuego.

Jagoslav Flegr
Jagoslav Flegr

Ciertamente el pensamiento de Flegr es muy poco convencional. A principios de los 90 empezó a sospechar que un parásito unicelular de la familia de los protozoos estaba manipulando su personalidad, provocándole comportamientos extraños y a menudo autodestructivos. Y si estaba jugando con su cabeza, seguramente estaría haciendo lo mismo con las de otros.

El parásito, que se suele encontrar en las heces de gato, se llama Toxoplasma gondii (T. gondii o toxo para abreviar) y es el microbio que causa la toxoplasmosis — la razón por la que se les aconseja a las mujeres embarazadas que eviten la caja de arena del gato. Desde los años veinte, los doctores reconocen que una mujer que se infecte durante el embarazo puede transmitir la enfermedad al feto, lo que en algunos casos resulta en daños cerebrales importantes o incluso en la muerte. La toxoplasmosis es también una grave amenaza para la gente con el sistema inmunológico deprimido: en los primeros días de la epidemia del SIDA, antes de que se desarrollaran buenos antirretrovirales, era la culpable de la demencia que afligía a muchos de los pacientes en las etapas terminales de la enfermedad. Los niños y los adultos sanos, sin embargo, habitualmente no experimentan nada más que unos síntomas breves parecidos a los de la gripe, antes de librarse rápidamente del protozoo, el cual se queda latente dentro de las neuronas. O al menos, esa es la creencia médica estándar.

[pullquote cite=”Jaroslav Flegr” type=”left”]El Toxoplasma podría estar matando tanta gente como la misma malaria, o por menos un millón de gente cada año.[/pullquote]Pero si Flegr está en lo cierto, el parásito “latente” podría estar alterando sutilmente las conexiones entre nuestras neuronas, modificando nuestra forma de responder a las situaciones que nos asustan, nuestra confianza en el prójimo, nuestro nivel de extroversión, e incluso nuestra preferencia por determinados aromas. Y la cosa no acaba ahí: también cree que el organismo contribuye a accidentes de coche, suicidios, y desórdenes mentales tales como la esquizofrenia. Cuando juntas todas las maneras que tiene de dañarnos, dice Flegr, “El Toxoplasma podría estar matando tanta gente como la misma malaria, o por menos un millón de gente cada año.”

Un biólogo evolutivo de la Charles University de Praga, Flegr lleva décadas investigando esta teoría en relativa oscuridad. Ya que le cuesta hablar en inglés y ni siquiera es buen conversador en su lengua nativa, no suele viajar a conferencias científicas. Puede “ser una de las razones por las que mi teoría no es muy conocida”, dice. Y, cree que su punto de vista puede invitar a una oposición arraigada. “Hay una resistencia psicológica muy fuerte a la posibilidad de que el comportamiento humano pueda ser influenciado por algún estúpido parásito”, dice. “A nadie le gusta sentirse como una marioneta. Los revisores [de mis estudios científicos] pueden haberse sentido ofendidos.” Otra razón obvia para dicha resistencia, por supuesto, viene de que las ideas de Flegr suenan demasiado a ciencia magufa, junto a los avistamientos de OVNIs y la supuesta comunicación telepática entre humanos y delfines.

sin embargo, tras años de ser ignorado y  marginado, Flegr está empezando a ganar respetabilidad. Aunque sus afirmaciones suenen psicodélicas, muchos investigadores — incluyendo a grandes de la neurociencia como Robert Sapolsky de Stanford — creen que podría haber descubierto algo. “Los estudios de Flegr están bien dirigidos, y no veo ningun motivo para dudar de ellos”, me dice Sapolsky. De hecho, recientes descubrimientos del laboratorio de Sapolsky y diversos equipos británicos sugieren que el parásito es capaz de trastadas increíbles. T. Gondii, informa Sapolsky, pueden invertir la fuerte aversión innata que tienen las ratas a los gatos, guiándolos a las fauces de su depredador número uno. Lo más increíble es la forma que tiene de conseguirlo: este organismo modifica circuitos en las áreas del cerebro que lidian con emociones primarias como el miedo, la ansiedad o la excitación sexual. “En general,” dice Sapolsky “esto es una neurobiología salvaje y extraña.” Otro peso pesado académico que toma a Flegr en serio es E. Fuller Torrey,  experto en esquizofrenia y  director del Stanley Medical Research Institute, en Maryland. “Admiro a Jaroslav por hacer esto,” afirma. “No es algo políticamente correcto, en el sentido de que pocos laboratorios lo están haciendo. Lo ha hecho prácticamente por su cuenta, con muy poco apoyo. Creo que vale la pena echarle un vistazo. Lo encuentro completamente creíble.”

Yendo aun más lejos, muchos expertos consideran que el T. gondii no es ni de lejos el único marionetista microscópico capaz de tirar de nuestras cuerdas. “Creo que en los mamíferos hay muchos ejemplos de esto mismo, con parásitos de los que nunca hemos oído hablar”, comenta Sapolsky.

El más familiar para nosotros, por supuesto, es el virus de la rabia. Cuando está a punto de matar a un perro, murciélago, u otro anfitrión de sangre caliente, enfurece al animal a la vez que emigra del sistema nervioso a la saliva del mismo, asegurándose así de que cuando el anfitrión muerda, el virus vivirá en un nuevo portador. Pero aparte de la rabia, son raras las historias de parásitos controlando el comportamiento de los mamíferos de gran cerebro. Las víctimas más comunes del control mental parasítico —al menos las que nosotros conocemos— son los peces, los crustáceos, y legiones de insectos, de acuerdo a Janice Moore, bióloga conductista de la Universidad Estatal de Colorado. “Moscas, hormigas, ciempiés, avispas, lo que se te ocurra; hay montones de ellos comportándose de manera extraña gracias a los parásitos,” dijo.

Piensa en la Polysphincta gutfreundi, una avispa parásita que atrapa a una araneida y le adhiere un pequeño huevo a la tripa. Una larva agusanada sale del huevo, y libera unos químicos que hacen que la araña abandone su habitual red en espiral y teja su telaraña en un patrón especial que sujetará el capullo en donde madurará la larva. La araña “poseída” incluso tejerá un diseño geométrico especial en la red, que camuflará el capullo de los predadores de la avispa.

El mismo Flegr traza el trabajo de su vida hasta otro maestro del control mental. Hace treinta años, cuando leía un libro del biólogo evolutivo Richard Dawkins, Flegr se quedó ensimismado por un pasaje que describía como un platelminto convierte a una hormiga en su esclava al inundar su sistema nervioso. Cuando la temperatura cae por lo normal las hormigas se van bajo tierra, pero los insectos infectados se encaraman al borde superior de una brizna de hierba, convirtiéndose en sencillas víctimas para alguna oveja que esté pastando. “Sus mandíbulas se bloquean en esa posición, así que no les queda otra que quedarse así, colgadas en el aire.” afirma Flegr. La oveja pasta y se come a la hormiga; el gusano entra en la tripa del ungulado, que es exactamente lo que necesita para completar — tal y como dice la canción del Rey León — el círculo de la vida. “Fue lo primero que aprendí acerca de este tipo de manipulación, así que me causó una gran impresión” dice Flegr.

Tras leer el libro, Flegr comenzó a establecer una conexión que, admite sin problemas, otros podrían pensar que es una locura: su comportamiento, se dio cuenta, manifestaba similitudes con el de la temeraria hormiga. Por ejemplo, admite, no le importaba cruzar la calle en medio de un tráfico denso, “y si los coches me pitaban, no me quitaba del medio.” Tampoco hizo ningún esfuerzo por ocultar su desprecio por los comunistas que gobernaban Checoslovaquia en la mayoría de su juventud. “Era muy peligroso decir lo que pensabas por aquel entonces”, dice. “Tuve suerte de que no me encarcelaran.” Y durante un breve periodo de tiempo en el que estuvo investigando en Turquía del este, cuando las balas volaban en la región en guerra, recuerda estar “muy tranquilo”. En comparación, dice, “mis colegas estaban aterrorizados, Me pregunté qué pasaba conmigo.”

Su confusión duró hasta 1990, cuando se unió al equipo de biología de la Charles University. Dio la casualidad de que la institución, de 650 años de vida, llevaba mucho tiempo siendo líder mundial en documentar los efectos sobre la salud del Toxoplasma gondii, así como en desarrollar métodos para la detección del parásito. De hecho, al llegar Flegr, sus colegas estaban buscando individuos infectados en los que probar sus kits de diagnóstico mejorado, así que le pidieron que se remangara y donara sangre. Descubrió que tenía el parásito, y posiblemente, la clave para su racha autodestructiva. Se puso a estudiar el ciclo vital del T. Gondii. Cuando un gato infectado defeca, aprendió Flegr, el parásito es ingerido por animales carroñeros o herbívoros (particularmente roedores, cerdos y ganado), los cuales lo alojan en el cerebro y otros tejidos. Los humanos, por otro lado, no se exponen sólo por ponerse en contacto con las cajas de arena de los gatos, sino también al beber agua contaminada con heces de gato, comer vegetales sin lavar o, particularmente en Europa, consumiendo carne cruda o poco hecha. De aquí que los franceses, según Flegr, con su amor por los filetes saignant (literalmente, sangrantes), pueden tener porcentajes de infección que llegan hasta el 55%. (Los americanos se alegrarán de oír que el parásito reside en ellos en un porcentaje, aunque substancial, bastante menor, del 10 al 20 por ciento). Una vez dentro de un anfitrión humano o animal, el parásito necesita volver al gato, el único lugar donde se puede reproducir sexualmente, y ahí es cuando la manipulación de la conducta entra en juego, según Flegr.

Los investigadores ya habían observado ciertas peculiaridades en roedores infectados que parecían sostener la teoría de Flegr. Los roedores infectados son mucho más activos en las ruedas de correr que los que estaban sin infectar, sugiriendo que serían una presa más atractiva para los gatos, a los cuales les atraen los objetos rápidos. También tienen menos miedo de los depredadores en espacios abiertos. Sin embargo, se sabía poco acerca de cómo la infección latente podía influir en los humanos, porque tanto nosotros como otros grandes mamíferos somos considerados “anfitriones accidentales”, o como dicen los científicos, un callejón sin salida para el parásito. Pero incluso sin ser parte del ciclo vital del parásito, razonó Flegr, los mamíferos (desde el ratón al hombre) comparten la mayoría de sus genes, así que aún en un caso de identidad equivocada, seríamos vulnerables a las manipulaciones del parásito.

En la maltrecha economía soviética, los estudios en animales estaban más allá del presupuesto de investigación de Flegr. Pero afortunadamente para él, de un 30 a un 40 por ciento de los checos tenían la enfermedad en forma latente, así que había una gran cantidad de estudiantes que podían “servir como animales muy baratos para experimentar.” Empezó a darles tests de personalidad estandarizados tanto a ellos como a sus compañeros libres del parásito, una forma económica pero rudimentaria de medir las diferencias entre ambos. Además, utilizó un test informático para medir los tiempos de reacción de los participantes, a los cuales se les pedía que pulsaran una tecla tan pronto como apareciera un cuadrado blanco en la pantalla del ordenador.

Los sujetos que dieron positivo para el parásito tenían tiempos de reacción significantemente más lentos. A Flegr le sorprendió especialmente descubrir que el protozoo parecía causar cambios de personalidad específicos para cada sexo. Comparados con los hombres sin infectar, los hombres que tenían el parásito eran más introvertidos, desconfiados, dados a ignorar la opinión que terceros podían tener sobre ellos y con tendencia a ignorar las reglas. Las mujeres infectadas, por lo contrario, se veían afectadas en el sentido opuesto: eran más extrovertidas, confiadas y coquetas, y prestaban más atención a las normas que las mujeres sin infectar.

Las conclusiones eran tan extrañas que Flegr asumió al principio que sus datos debían de ser erróneos. Así que hizo pruebas en otros grupos, civiles y militares. Y de nuevo obtuvo los mismos resultados. Entonces, buscando aún más pruebas concluyentes, reclutó a más sujetos para observarlos mejor y someterlos a un grupo de pruebas, en los que eran clasificados por terceros ignorantes de su estado de infección.Para comprobar si los participantes valoraban la opinión de otros, el clasificador juzgaba cómo de bien vestidos estaban. Como prueba de sociabilidad, se les preguntaba a los participantes el número de amigos con los que habían interactuado en las dos últimas semanas. Para comprobar si tendían a ser sospechosos, se les pedía, entre otras cosas, que bebieran un líquido sin identificar.

Los resultados se correspondían con las conclusiones del cuestionario. Comparados con la gente sin infectar del mismo sexo, los hombres infectados eran más propensos a llevar ropa vieja y arrugada, mientras que las mujeres infectadas tendían a llevar ropa meticulosamente conjuntada, muchas de ellas acudiendo al estudio en conjuntos caros de marca. Los hombres infectados tendían a tener menos amigos, mientras que las infectadas tendían a tener más. Y cuando llegó la hora de beberse el fluido misterioso, según reportó Flegr, “los hombres infectados dudaban mucho más que los hombres sin infectar. Querían saber por qué tenían que hacerlo. ¿Les haría daño?”. Para contrastar, las mujeres infectadas eran las que más confiaban de todos los sujetos. “Hacían lo que se les pedía, sin más”, dice. El por qué de una reacción tan diferente entre hombres y mujeres aún seguía eludiéndole. Tras consultar textos de psicología, empezó a sospechar que una ansiedad elevada podía ser el común denominador detrás de sus respuestas. Cuando están bajo estrés emocional, leyó, las mujeres buscan consuelo a través de los lazos sociales. En el lenguaje psiquiátrico, están inclinadas a la protección de la prole. Los hombres con ansiedad, por otra parte, típicamente, responden aislándose y haciéndose hostiles y antisociales. Quizás estaba mirando a ambas caras de la misma moneda.

Una inspección más a fondo de los resultados del test de tiempo de reacción revelaron que los sujetos infectados dejaban de prestar atención y se volvían más lentos al pasar un minuto de prueba. Esto le sugirió que el Toxoplasma podía tener un impacto negativo en la conducción, donde la vigilancia constante y los reflejos rápidos son críticos. Lanzó dos grandes estudios epidemiológicos en la República Checa, uno de hombres y mujeres en la población general y otro de mayormente hombres conductores del ejército. Los que dieron positivo para el parásito, según ambos estudios, tenían dos veces y medio más probabilidad de encontrarse con un accidente de tráfico que los que estaban sin infectar.

Cuando conocí a Flegr por primera vez, este último septiembre, en su oficina del tercer piso del edificio de Ciencias Biológicas de la Charles University, me esperaba a un hombre salvaje. Pero una vez vas más allá del revuelto pelo rojo, su estilo es sobrio. Delgado, de complexión fina, habla con suavidad, preciso en sus hechos y —como corresponde a su infección— vestido con deportivas viejas, vaqueros de campana desteñidos y una camisa más grande de lo normal. Al avanzar en nuestra conversación, descubro que sus hallazgos se han vuelto, por parafrasear a Alicia en el País de las Maravillas, “curiosos y más curiosos”, lo que podría explicar el por qué de las pronunciadas arrugas en su frente, propias de alguien que se preocupa constantemente o de un perplejo crónico.

[pullquote cite=”Jaroslav Flegr” type=”right”]Algunos datos sugieren que los hombres infectados podrían tener niveles muy elevados de testosterona.[/pullquote]Ha publicado algunos datos, me dice, que sugieren que los hombres infectados podrían tener niveles elevados de testosterona. Posiblemente por esa razón, las mujeres a las que se les muestran fotos de estos hombres los definen como más masculinos que a los hombres sin infectar. “Quiero investigar esto más a fondo para comprobar si es verdad”, dice. “También, podría ser que las mujeres encuentren a los hombres infectados más atractivos. Es otra cosa que esperamos poder comprobar.”

De mientras, dos estudios turcos han replicado sus estudios sobre la relación entre el Toxoplasma y los accidentes de tráfico. Con un tercio de la población mundial infectado por el parásito, Flegr calcula que el T. Gondii es un factor influyente en cientos de miles de muertes en la carretera al año. Además, el nuevo análisis de los datos de su cuestionario de personalidad reveló que, como él, otras personas con la infección latente se sienten valientes en situaciones peligrosas. “Quizás”, dice, “esa es otra razón más para que se vean envueltos en accidentes de tráfico. No responden al miedo de manera normal.”

Es prácticamente imposible oír sobre las investigaciones de Flegr sin preguntarte si estás infectado, especialmente si como yo, eres dueño de un gato, te gusta la carne poco hecha y te identificas aunque sea un poquito con el estereotipo de Toxo para tu género. Así que antes de hacer el viaje a Praga, me hice las pruebas, para las cuales aún no tenía el resultado. Parecía un buen momento para ver qué me podía contar su intuición. “¿Podrías adivinar, al ver a una persona, si tienen el parásito? ¿Yo, por ejemplo?”, pregunto.

“No”, dice. “Los efectos del parásito son muy sutiles.” Si, siendo una mujer eras introvertida antes de infectarte, dice, el parásito no te convertirá en una extrovertida exagerada. Simplemente te haría un poco menos introvertida. “Soy un típico macho Toxoplasma”, dice. “Pero no sé si mis rasgos de personalidad tienen que ver con la infección. Es imposible aseverarlo para un individuo en particular. Necesitas unas cincuenta personas infectadas y otras cincuenta que no lo estén para poder ver una diferencia estadísticamente significante. La mayoría de la gente no tiene ni idea si están infectados o no.”

Aun así, reconoce que el parásito podría ser una noticia muy mala para un pequeño porcentaje de gente – y no sólo para aquellos que estarían más a la merced de los accidentes de tráfico. Muchos pacientes de esquizofrenia muestran una reducción de ciertas partes de su córtex cerebral, y Flegr piensa que el protozoo puede tener la culpa. Me entrega un estudio publicado recientemente sobre el tema que escribió en colaboración con otros colegas de la Charles University, incluyendo a un psiquiatra, Jiri Horacek. Encontraron una reducción de la materia gris cerebral en las resonancias magnéticas de doce de los 44 pacientes, de forma casi exclusiva en los infectados por el Toxoplasma Gondii. Tras leer el resumen, debo de parecer asombrado, porque Flegr sonríe y dice “Jiri respondió de la misma manera. No creo que se creyera que podía ser verdad.” Cuando hablo con Horacek, admite que al principio fue escéptico sobre la teoría de Flegr. Cuando mezclaron los resultados de las resonancias con los datos de la infección, sin embargo, pasó de dudar a creer. “Me sorprendió lo pronunciado que era el efecto”, dice. “A mí me sugiere que el parásito puede provocar la esquizofrenia en la gente genéticamente susceptible.”

Existe la tentación de ignorar el trabajo de Flegr como si fueran tonterías, las ideas fantasiosas de un científico solitario y excéntrico, si no fuera por las investigaciones pioneras de Joanne Webster, una parasitóloga del Imperial College de Londres. A la vez que Flegr se embarcaba en sus pruebas en humanos, la recién titulada Webster estaba investigando roedores infectados, razonando — tal y como hizo Flegr — que como huéspedes del parásito su conducta se vería afectada. Confirmó rápidamente, tal y como otros investigadores habían mostrado, que las ratas infectadas eran más activas y menos cautelosas en las áreas donde acechan los depredadores. Pero entonces, con un experimento simple y elegante, ella y sus colegas demostraron que el parásito hacía algo mucho más sorprendente. Trataron una esquina del hábitat de cada rata con el propio olor del animal, la segunda con agua, la tercera con orina de gato, y la última con la orina de un conejo, una criatura que no caza roedores. “Pensamos que el parásito podría reducir la aversión de la rata al olor de gato,” me dijo. “No sólo hizo eso, sino que aumentó la atracción. Se pasaban más tiempo en las áreas con olor a gato.”. Ella y otros científicos repitieron el experimento con la orina de perros y visones, animales que también cazan roedores. El efecto de la orina de gato era tan específico, dice, “que lo llamamos atracción felina fatal.”

Empezó a marcar al parásito con marcadores fluorescentes y a seguir su progreso por el cuerpo de las ratas. Dado la forma tan precisa que tiene el microbio de alterar el comportamiento, Webster anticipó que acabaría en regiones localizadas del cerebro. Pero los resultados superaban con creces las expectaciones. “Nos sorprendimos mucho al ver quistes —la forma latente del parásito— por todo el cerebro en lo que, por otro lado, parecía una rata sana y feliz.”, afirma. Sin embargo, los quistes eran más abundantes en la parte del cerebro que se ocupa del placer (en términos humanos, hablaríamos de sexo, drogas y rock’n’roll) y en otro área que trata con el miedo y la ansiedad (el desorden de estrés post-traumático afecta a esta región del cerebro). Quizás, pensó, el T. Gondii utiliza un enfoque disperso, diseminando quistes por aquí y por allá, permitiendo que algunos de ellos llegasen a los objetivos clave.

Para conseguir más claridad en la materia, buscó la ayuda del parasitólogo Glenn McConkey, cuyo equipo de la Universidad de Leeds estaba investigando el genoma del protozoo, intentando encontrar pistas sobre lo que hacía. El acercamiento sacó a la luz un increíble talento del parásito: tiene dos genes que le permiten aumentar la producción de dopamina en el cerebro huésped. “Nunca dejamos de asombrarnos por la sofisticación de estos parásitos”, dice Webster.

Sus descubrimientos, publicados el verano pasado, dieron mucho que hablar. La dopamina es una molécula crítica de señalización que está involucrada en el miedo, el placer y la atención. Es más, se sabe que este neurotransmisor está disparado en gente con esquizofrenia, otra de esas observaciones extrañas sobre la enfermedad, como su tendencia a erosionar la materia gris, que durante mucho tiempo han dejado perplejos a los investigadores. Los medicamentos antipsicóticos diseñados para detener los delirios esquizofrénicos bloquean la acción de la dopamina, lo que le sugiere a Webster que lo que puede estar haciendo en realidad es detener al parásito. Los científicos ya han demostrado que añadir el medicamento a una placa de Petri en donde el Toxoplasma se está dividiendo a placer detendrá el crecimiento del organismo. Así que Webster decidió darle la droga antipsicótica a ratas recién infectadas para ver cómo reaccionaban. Et voilá, no desarrollaron Atracción Fatal Felina. De repente, el atribuir los cambios de comportamiento al microbio parecía ser mucho más plausible.

Mientras la comunidad científica digería los descubrimientos del equipo británico sobre la dopamina, el laboratorio de Robert Sapolsky anunció otras noticias aún más llamativas. El neurocientífico y sus colegas descubrieron que el Toxoplasma Gondii desconecta los circuitos del miedo en el cerebro, lo que podría explicar por qué las ratas infectadas pierden su aversión al olor a gato. Igual de inquietante, informa Sapolsky, el parásito también es “capaz hacerse con el control de los circuitos relacionados con la excitación sexual” en la rata macho, probablemente elevando los niveles de dopamina en la parte del cerebro que se ocupa del proceso de las recompensas. Así que cuando el animal descubre olor a gato, el centro del miedo no llega a encenderse como lo haría en una rata normal, y en su lugar el área que gobierna el placer sexual empieza a trabajar. “En otras palabras”, dice, “Toxo hace que el olor a gato les parezca sexy a las ratas macho”.

El neurobiólogo Ajai Vyas, tras trabajar con Sapolsky en este estudio como estudiante de postdoctorado, decidió inspeccionar los testículos de ratas infectadas buscando quistes. Y los encontró, tanto ahí como en el semen de los animales. Y cuando la rata copula, descubrió Vyas, el protozoo se muda al útero de la hembra, infectando a un 60% de las crías, antes de viajar al cerebro – creando aún más vehículos para llevar de vuelta al parásito al estómago de un gato. ¿Podría el T. Gondii transmitirse de manera sexual también en humanos? “Eso estamos intentando averiguar”, dice Vyas, que ahora trabaja en Singapur, en la Universidad Tecnológica de Nanyang. Los investigadores también han descubierto que las ratas macho infectadas se vuelven mucho más atractivas para las hembras. “Es un efecto muy poderoso”, dice Vyas. “El setenta y cinco por ciento de las hembras prefieren estar al lado del macho infectado”.

Tras volver de Praga, Flegr me informa que le han aceptado la publicación de un estudio que, afirma, “prueba la atracción fatal felina en los humanos”. Con eso quiere decir que a los hombres infectados les gusta el olor del pis de gato, o que al menos lo ven de forma más favorable que los hombres sin infectar. Mostrando de nuevo las típicas diferencias entre sexos de la infección por Toxo, las mujeres infectadas tienen la respuesta inversa, encontrando el olor más molesto que las mujeres libres del parásito. La prueba de olor fue un experimento a ciegas, y también incluía orina de perro, caballo, hiena y tigre. La infección no afectaba a cómo los sujetos puntuaban estas otras muestras.

¿Es posible que la orina de gato sea afrodisíaca para los hombres infectados?”, pregunto. Flegr responde, “Sí, es posible, ¿por qué no?” Creo que está sonriendo al otro lado de la línea telefónica, pero no estoy seguro, lo que me deja preguntándome si he encontrado un tema ideal para un sketch de Saturday Night Live o una materia digna de preocupación médica. Cuando le pregunto a Sapolsky sobre las últimas investigaciones de Flegr, me dice que los efectos de los que informa Flegr “son increíblemente guays. Sin embargo, no estoy demasiado preocupado, ya que los efectos en los humanos no son enormes. Si quieres reducir los accidentes de tráfico, y tienes que elegir entre curar las infecciones por Toxo y convencer a la gente de que no conduzca estando borracha o enviando mensajitos, ve a por lo último para conseguir un mayor impacto.

De hecho, Sapolsky piensa que el ingenio del Toxo nos puede ayudar en cierta manera. Si descubrimos cómo el parásito hace que los animales pierdan el miedo, podría darnos ideas de cómo tratar a gente con desórdenes de fobia social, fobias, trastornos de estrés postraumático y similares. “Pero, para ser francos”, añade, “esto sobre todo cae en la categoría ‘¡mira! ¿te puedes creer lo que se ha inventado la naturaleza?’”

Webster es más cauta, por no decir que está preocupada. “No quiero causar ningún pánico”, me dice. “En la gran mayoría de la gente, no habrá efectos negativos, y los afectados sólo demostrarán cambios sutiles de comportamiento. Pero en un pequeño número de casos, la infección por Toxo podría estar relacionado con esquizofrenia y otros desórdenes asociados con niveles alterados de dopamina, como por ejemplo, el trastorno obsesivo-compulsivo, el trastorno de déficit de atención o trastornos del estado de ánimo. La rata podría vivir dos o tres años, mientras que los humanos podrían estar infectados durante décadas, por lo que quizás estemos viendo efectos tan serios en humanos. Deberíamos tener cuidado con despreciar a un parásito tan corriente.”

El psiquiatra E. Fuller Torrey está de acuerdo, aunque llegó a este punto de vista desde un ángulo completamente diferente que Webster o Flegr. Su opinión sale de décadas de investigación sobre las raíces de la esquizofrenia. “Los libros de texto siguen haciendo estúpidas afirmaciones, como que la esquizofrenia siempre ha estado ahí, que la incidencia ha sido la misma en todo el mundo, y que ha existido desde tiempos inmemoriales,” dice. “Los textos epidemiológicos lo contradicen por completo.” De hecho, dice, la esquizofrenia no aumentó hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando por primera vez la gente en París y Londres empezó a tener gatos como mascota. La conocida como locura de los gatos empezó entre “poetas y vanguardistas de izquierdas del Greenwich Village”, dice Torrey, pero la tendencia se expandió con rapidez, Y coincidiendo con esa tendencia, los casos de esquizofrenia subieron por las nubes. Desde los años 50, anota, más de 70 estudios epidemiológicos han explorado un enlace entre la esquizofrenia Y el T. Gondii. Cuando junto con su colega Robert Yolken, neurovirólogo de la Universidad John Hopkins, se pusieron a investigar los estudios que seguían estándares científicos rigurosos, su conclusión complementó el descubrimiento del grupo de Praga que afirma que a los pacientes esquizofrénicos con Toxo les falta materia gris en el cerebro. Torrey y Yolken hallaron que la enfermedad es de dos a tres veces más común en la gente con el parásito que en sujetos de control de la misma región.

Los estudios sobre el genoma humano, según creen ambos científicos, también sostienen ese descubrimiento, y podrían explicar por qué la esquizofrenia es hereditaria. El resultado más replicado de esa línea de investigación sugiere que los genes más comúnmente asociados con la esquizofrenia se relacionan con el sistema inmunitario y en cómo reacciona a los agentes infecciosos. Así que en muchos de los casos en los que la enfermedad parece ser hereditaria, teorizan, lo que podría transmitirse es una respuesta inmunitaria aberrante o deficiente a los invasores como el Toxoplasma Gondii.

El virus de Epstein-Barr, el sarampión, la rubeola y otros agentes infecciosos también han sido relacionados con la esquizofrenia, y probablemente haya más desencadenantes por identificar, incluso algunos que no tengan nada que ver con patógenos externos. Pero por ahora, dicen, el Toxo parece ser el factor ambiental más fuerte implicado en el trastorno. “Si tuviera que adivinar,” dice Torrey, “diría que un 75% de los casos de esquizofrenia están asociados con agentes infecciosos y que el Toxo está involucrado en un subconjunto bastante significante de estos.”

Según Torrey, e igual de preocupante, el parásito podría incrementar el riesgo de suicidio. En un estudio de 2011 de 20 países europeos, la tasa nacional de suicidio entre mujeres aumentó en proporción directa a la incidencia de infecciones latentes de Toxo en la población femenina de cada país. Según Teodor Postolache, psiquiatra y director del programa de Estados de ánimo y Ansiedad de la Universidad de Medicina de Maryland, un puñado de otros estudios, algunos de los cuales han sido dirigidos por su propio equipo, ofrecen aún más apoyo al enlace del T. Gondii con tasas más elevadas de comportamientos suicidas. Estos incluyen investigaciones de publicaciones generales así como de grupos de pacientes con trastorno bipolar, depresión severa o esquizofrenia, Y en lugares tan dispares como Turquía, Alemania o el área de Baltimore/Washington. Aún no se ha determinado la manera que tendría el parásito de llevar al extremo a la gente vulnerable. Postolache tiene la teoría de que lo que altera el estado de ánimo y la habilidad para controlar los impulsos violentos puede no ser el protozoo en sí mismo sino cambios neuroquímicos asociados con la respuesta inmunológica del cuerpo al parásito. “Por muy descabelladas que puedan parecer estas ideas,” dice Postolache, “la Fundación Americana para la Prevención del Suicidio estaba dispuesta a financiar esta investigación.”

Dada toda la ciencia desagradable que hay alrededor de este parásito, ¿es hora de que los amantes de los gatos cambien animales? Incluso Flegr te diría que no. Los gatos de interior no son ninguna amenaza, dice, porque no portan el parásito. En el caso de los gatos de exterior, sólo liberan el parásito durante tres semanas de su vida, especialmente cuando son jóvenes y acaban de empezar a cazar. Durante ese breve periodo, Flegr simplemente recomienda mantener limpias la cocina y las mesas. Él practica lo que aconseja: él y su mujer tienen dos hijos en edad escolar, y dos gatos de exterior que tienen total libertad en su casa. Mucho más importante para prevenir la exposición, dice, es limpiar las verduras con mucho cuidado y evitar beber agua que no ha sido purificada de forma correcta, especialmente en el mundo en desarrollo, donde las tasas de infección pueden alcanzar el 95% en algunos lugares. También aconseja comer carne bien hecha o, si no te gusta así, congelarla antes de cocinar para matar los quistes.

Sin embargo, al aumentar las preocupaciones sobre el número de infecciones latentes, los expertos están pensando en pasos más agresivos para contener la expansión del parásito. Vacunar a los gatos o al ganado contra el T. Gondii podría ser una manera de interrumpir su ciclo vital, según Robert Yolken. Ir más allá de la prevención, hacia el tratamiento, es algo más complicado. Una vez que el parásito se ha acomodado en las células cerebrales, sacarlo del cuerpo es virtualmente imposible: los quistes, con paredes gruesas, son impermeables a los antibióticos. Sin embargo, ya que los protozoos de la malaria y el T Gondii están relacionados, Yolken y otros investigadores están investigando agentes anti malaria para encontrar drogas más efectivas contra los quistes. Pero por ahora, la medicina no tiene ninguna terapia que ofrecer a la gente que quiere librarse de la infección latente; Y hasta que haya una prueba sólida de que el protozoo sea tan peligroso como algunos científicos temen, las compañías farmacéuticas no tienen muchos incentivos para desarrollar medicamentos

Yolken tiene la esperanza de que eso cambie. “Para explicar el punto de la investigación sobre Toxo en el que estamos,” dice, “la analogía que siempre utilizo esa bacteria que causa las úlceras. Primero necesitamos encontrar maneras de tratar al organismo y mostrar que la enfermedad desaparece cuando lo haces. Tendremos que demostrar que cuando tratamos al Toxoplasma una parte de las enfermedades psiquiátricas desaparecen.”

Pero el T. Gondii es sólo uno más de entre muchos agentes infecciosos que atacan a los humanos. Y si nos guiamos por el resto del reino animal, muchos de ellos podrían ser capaces de jugar con nuestras mentes, según Janice Moore, de la Colorado State University. Por ejemplo, ella y Chris, una antropóloga biomédico de la Binghamton University de New York, sospechan que el virus de la gripe eleva nuestro deseo de socializar. ¿Por qué? Porque se extiende gracias al contacto físico cercano, incluso antes de que aparezcan los síntomas, lo que significaría que el virus podría encontrar rápidamente un nuevo anfitrión. Para explorar esta corazonada, Moore y Reiber siguieron a 36 sujetos que recibieron una vacuna antigripal, razonando que contiene muchos de los mismos componentes químicos que el virus, por lo cual causaría que el sistema inmunológico de los sujetos estudiados reaccionara como si hubieran encontrado al patógeno real.

[pullquote cite=”Janice Moore” type=”left”]Gente con vidas sociales muy simples o limitadas decidían de repente que necesitaban irse de bares o fiestas, o que tenían que invitar a gente a casa.[/pullquote]La diferencia en el comportamiento de los sujetos antes y después de la vacuna era muy pronunciada: la vacuna causó que los participantes entraran en contacto cercano casi con el doble de personas, durante el breve periodo en el que el virus sería más contagioso. ““Gente con vidas sociales muy simples o limitadas decidían de repente que necesitaban irse de bares o fiestas, o que tenían que invitar a gente a casa.”, afirma Reiber. “Esto pasó con muchos de los sujetos, no fue un caso o dos.”

Reiber tiene su ojo en otros patógenos humanos que cree que podrían estar jugando a juegos similares, si sólo la ciencia pudiera probarlo. Por ejemplo, dice, muchas de las personas en etapas terminales de sífilis o SIDA expresan una ansia intensa de sexo. También ocurre lo mismo al principio de un brote de herpes. Esto podrían ser sólo historias anecdóticas, reconoce, pero basándose en sus propios descubrimientos, no se vería sorprendida si estas ansias vinieran del patógeno haciendo saber de sus ganas de sobrevivir.

“Hemos encontrado todo tipo de excusas y motivos para las cosas que hacemos,” observa Moore. “Mis genes me lo mandan, es la culpa de mis padres… creo que hemos llegado al punto donde los parásitos deben de ser añadidos a la lista de excusas.” Algo de razón tiene. De hecho, me pregunto si el T.Gondii podría tener algo que ver con mi extroversión extrema, con mi incapacidad de resistirme a iniciar conversaciones donde quiera que vaya, incluso cuando me falta el tiempo o cuando es con extraños a los que no voy a volver a ver. Entonces se me ocurre que quizás haya quistes en mi cerebro que estén detrás de mis cambios de ánimo o mis derroches en ropa cara. Quizás, pienso con cada vez más convicción, mi verdadero yo tendría mejor autocontrol, si no hubiera tenido que luchar contra la voluntad de un parásito insidioso. Con mi compañera felina Pixie en mi regazo (para que lo sepáis, es una gata de exterior), llamo para obtener los resultados de mi test de Toxo. Negativo. No tengo la infección latente.

Llamo para contarle a Flegr las buenas noticias. Incluso aunque estoy aliviada, sé que mi voz suena triste. “Es extraño admitir esto,” digo, “pero creo que estoy decepcionada.” Se ríe. “Las personas que tienen gatos se sienten así a menudo, porque creen que el parásito explica el por qué de sus comportamientos.” afirma. “Pero”, protesto, “¡tú pensabas igual que yo!”. Entonces, me llega la inspiración. Es posible que haya esquivado al T. Gondii, pero dada nuestra habilidad para autoengañarnos, junto con todos esos parásitos que podrían estar jugando con nuestra mente… ¿puede alguien saber de verdad quién está dirigiendo el espectáculo?

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