La noche de fiesta del lector

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Traducción de un original de Andrea Denhoed en The New Yorker

Cualquier alborotador que hubiera ido a la sala trasera del Soda Bar de Brooklyn para algo de fiesta este último miércoles noche se habría encontrado con una sorpresa. En el espacio, grande y con pinta de salón, con una mezcla extraña de sillones, sillas y mesas de café a lo largo de todo su perímetro, había un silencio civilizado. Cerca del centro de la habitación, un celista, iluminada por un foco cenital, tocaba una selección de clásicos (“El Danubio Azul”, “Jesús, alegría de los hombres”), pero sólo estaba allí para ambientar la escena, y nadie de los alrededor de veinte clientes le prestaban mucha atención. Cada uno de ellos estaba solo, con una bebida y leyendo un libro.

Esta era la tercera fiesta mensual de leer en silencio de Nueva York. El evento es organizado por Jamie Burns, una chica joven, alta y delgada, que llevaba leggings turquesa y una rebeca roja. Los asistentes pueden llevar los libros que gusten, quedarse el tiempo que quieran, y no se les permite hablar con el resto de gente que esté en la habitación. Burns tuvo la idea tras leer sobre fiestas similares montadas por Christopher Frizzelle, el editor del periódico The Stranger en Seattle. “Siempre tuve ganas de ir”, dijo. “Trabajo desde casa, y me gusta leer en mi tiempo libre, pero también simplemente necesito salir de mi casa.” Burns ha conseguido encontrar locales gratis por el momento, y paga a los músicos de su propio bolsillo (en las otras reuniones, tenían a una arpista.) Llega a las fiestas con una gran caja de plástico llena de lámparas de Ikea, que coloca para complementar la tenue luz del bar, y lamparitas LED portátiles que esparce sobre las mesas.

Esta es una reunión literaria social para esa gente a la que no le gustan los grupos de lectura y debate. Lees lo que quieres y, dice Burns, “si no quieres socializar, y sólo quieres venir, leer e irte, por mí genial.” (Tras las tres horas asignadas, cuando se levanta la norma del silencio, pocos se quedan.) Piensa que la gente se presenta porque “hay una energía especial en leer con otra gente en una habitación. Y estar fuera y leyendo es mejor que quedarse en casa y planear leer.”

Hubo unos veinte lectores en la fiesta del miércoles, muchos de los cuales se quedaron toda la tarde, y menos cuatro, todas eran mujeres. Las miradas vagaban para observar a los nuevos, para leer los lomos de los libros de otras personas, para mirar al vacío… pero volvían rápido a la lectura si hacían contacto visual con otros lectores. Dos personas que se conocían entre ellas intercambiaron un saludo de grandes, exageradas y silenciosas sonrisas, y se sentaron en diferentes partes de la habitación. Cuando la mujer que estaba a mi lado movió sin querer una mesita con el pie, su mirada se sobresaltó y susurró “¡Lo siento!”

Unos cuantos valientes pidieron sándwiches, y eran impresionantemente hábiles a la hora de posicionar sus cuerpos para comer y leer a la vez. Era claro que ésta no era su primera vez. Un camarero alto y atractivo, que servía bebidas con cierta chulería en la barra principal, mantenía su mirada gacha cuando servía las bebidas en esta habitación.

Mi lectura para esta tarde era una novela de Agatha Christie que estuve picoteando pero que necesitaba terminar rápido para la reunión de un club de lectura al que se supone que debo atender. Al principio, no era optimista acerca de poder leer muchas páginas (o porcentajes, ya que estaba leyendo un Kindle, uno de dos que vi en la habitación. Me sentí un poco torpe). Mis compañeros lectores eran puntillosamente silenciosos, pero eso no alteraba el hecho de que estaba sentada a un metro de un cello tocando “Habanera” de “Carmen”, que conjuntaba de forma extraña con las canciones que salían de la barra principal. De vez en cuando, Burns le daba una vuelta a la habitación y nos sacó fotos con su móvil. Consciente de que mi postura natural de reposo es más troll deprimido que ninfa pensativa, me pregunté si podría lograr una pose que no pareciera pose. Pero de forma gradual mi atención se asentó, quizás porque tenía que hacerlo: estaba aquí para leer, y no podía hacer otra cosa de forma elegante. Así que leí.

De todas las personas con las que hablé —desde la mujer concentrándose en Austerlitz de W.G. Sebald en la esquina, a otra que leía Vayamos adelante de Sheryl Sandberg, que estaba allí con su madre – decían que se interesaron en estas fiestas porque ofrecían una oportunidad para leer sin distracciones. Esto era mejor que sus apartamentos (demasiado ruido), librerías (demasiado institucionales) y parques (demasiado impredecibles). Pero lo que más parecían valorar era lo que un hombre, que leía Dudo Errante de Russell Hoban, llamaba una “presión de grupo suave”, que les hacía sentir incómodos si miraban los móviles.

No es que no mirásemos nuestros móviles. Lo hicimos, pero rápidamente y con discreción. Intentamos parecer agobiados por las horribles cosas esas mientras las volvíamos a meter en bolsos y bolsillos y volvíamos una vez más a los libros.

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