Recientemente, en el Festival de Artes Tontas de Brooklyn, una artista llamada Risa Puno daba cookies en su mesa a cambio de información personal tal como el número de carnet de conducir, el apellido de soltera de la madre o los últimos cuatro dígitos del número de la Seguridad Social. Esta información se introducía en un formulario que asignaba diferentes valores a diferentes pedacitos de información: un punto por el nombre de tu primera mascota, tres por la dirección de tu casa, cinco por tus huellas digitales, etcétera). Cada galleta costaba un número de puntos. Cuando la gente le preguntaban para qué iba a utilizar los datos, Puno les señalaba sus “Términos de uso”, escritos detrás del formulario en una fuente muy pequeña y en una terminología legal ininteligible (El documento era una mezcla de los términos de uso de Facebook, Twitter e iTunes según me dijo Puno, y esencialmente le daba el derecho a hacer lo que quisiera con la información).

“No tenía ni idea de lo que iba a pasar,” me dijo Puno. “Pensé que estaría sentada todo el día mirando las musarañas.” En vez de eso, trescientas ochenta personas rellenaron el formulario y sólo veinte, según estimaciones de Puno, rehusaron por razones de seguridad. Verificó toda la información que le fue posible inspeccionando los permisos de conducir. Algunas personas rellenaron el formulario completo, incluso aunque para conseguir las cookies que querían bastaba con un par de campos. Otros le hicieron fotos a sus formularios rellenos y los subieron a Twitter, Instagram o Facebook.

Ya en la red, diversos comentadores y críticos se burlaron. “La gente está dispuesta a regalar sus datos personales por una cookie de canela”, decía el titular de Mashable sobre la instalación. Un comentarista en ProPublica escribió “La gente que es sensible sobre la invasión de la privacidad son egoístas extraños, narcisistas patológicos o están muy mal informados de los posibles riesgos.” Pero, teniendo en cuenta otras peticiones de información personal, ésta era relativamente segura. Puno no sabe qué hará con los datos —quizás los use en una exhibición, quizás lo analizará en busca de patrones que usar en otra obra— pero me dijo que ni lo publicará en la red ni lo usará para investigar a nadie.

Los participantes no podían estar seguros de que Puno no fuera una ladrona de identidades que planeara filtrar selfies. Pero apostaron que era lo que parecía ser: una joven y brillante artista de Brooklyn con la intención de señalar algo importante. Su proyecto hubiera sido más atrevido, y quizás más completo artísticamente, si lo hubiera puesto todo en la red, haciendo la pregunta de quién tendría la culpa si alguien hiciese uso delictivo de la información. Pero en el proyecto ya existía un respeto a la privacidad desde el principio: Puno no preguntó contraseñas, números completos de la seguridad social, tarjetas de crédito o incluso nombres. Darle a Puno toda la información que pidió era probablemente más seguro que tener webcam en tu ordenador, utilizar tu tarjeta de crédito en una franquicia o ingresar en un hospital. Así que, que el que nunca haya usado la misma contraseña dos veces tire la primera piedra.

La obra tocaba una pregunta que está en el aire: ¿qué le pasa a la gente? Hay herramientas disponibles fácilmente, como gestores de contraseñas, que nos ayudan a mejorar nuestra privacidad en la red. Pero el reciente pirateo de teléfonos de famosos por parte de hackers que no hicieron más que adivinar contraseñas y la respuesta a las preguntas de seguridad es un indicador de cuántos de nosotros utilizamos esas herramientas. Que haya semejante tipo de amenaza, ¿no debería hacernos aumentar nuestras precauciones? La gente ¿es idiota? ¿o ignorante? ¿O, simplemente no les importa?

Quizás, en vez de preguntar por qué la gente no reacciona racionalmente a las amenazas en línea, deberíamos preguntarnos si es posible reaccionar de forma racional a las formas contradictorias en las que manejamos la red. Por un lado, nos han vendido un Internet hecho para nosotros. Es una herramienta conveniente (como en “convención”, se une a nosotros donde quiera que estemos) que reúne nuestras preguntas, nuestros recuerdos e interacciones, y nos permite examinarlas a través de una ventana tamaño bolsillo. Este Internet hace que las cosas grandes sean pequeñas y nos pone al control. Este es el Internet tal y como lo experimentamos, el que nos lleva a productos tales como Google Glass o Apple Watch, que injertan nuestras vidas tecnológicas en nuestras vidas físicas.

El otro Internet es el que sabemos que nos debe asustar. Es mucho más grande de lo que podríamos imaginarnos y opera con reglas y mecanismos que pocos entendemos. Le da cobijo a oscuros impulsos, y es un sitio donde hasta la elección más nimia puede ser explotada. Este es el Monstruo del Lago Ness de la web – el peligro oculto que se esconde bajo la plácida superficie.

Una cara de Internet pide apertura irreflexiva, la otra precaución sin descanso. La mayoría de la gente sabe que existen las dos caras y que se alimentan la una de la otra, por lo que cuanto menos asustado estés, más asustado deberías estar. Un montón de personas que conozco tienen la fantasía de escapar del todo, pero acabamos funcionando como lo hacemos en la mayoría de áreas de nuestra vida, intentando operar en algún punto entre dos extremos. No daremos nuestras contraseñas, pero ¿qué clase de mundo sería si tuviéramos que pensarnos dos veces antes de decir el nombre de nuestra primera mascota? (La mía era un schnauzer miniatura neurótico llamado Brocky.) De mientras, sabemos que hay trocitos de nuestra vida —los hechos que compartimos, la gente que conocemos, las cosas que hacemos— tiran cuerdas de una cara a otra de Internet, y es difícil saber por cuál de ellas cruzará una araña desde el lado oscuro.

Puno, que volverá a montar su proyecto en el Museo de Brooklyn el 25 de octubre, dijo que la gente que visitó su puesto “lo entendían.” Sabían el valor potencial de lo que estaban regalando, pero dijo “Creo que mucha gente siente como si estos datos ya estuvieran ahí fuera.” Quizás, lo que lleve a la gente a intercambiar sus huellas dactilares por una galletita no sea descuido o narcisismo o estupidez, sino un nihilismo calculado. ¿Y quién puede calcularlas? Las cookies tenían una pinta deliciosa.

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