Renueva todas tus relaciones radicalmente en dos horas y cuarto

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Traducción de un original de Virginia Hefferman en Medium

Primero, llámalo amor.

Ya es hora. Y así lo hace C.S. Lewis. Y retira la palabra “relaciones” – ese palabrejo oficioso sacado del mundo material, en donde una relación es “tangencial” o “de uno a muchos”. Cámbiala por amor. Una vez que escuches a Lewis explayarse sobre su querida palabra de cuatro letras en su tremendo acento de Oxbridge-Ulster, te preguntarás por qué tardaste tanto. Para esto, te asigno la charla de Lewis “Four loves” [Youtube|Kindle], una representación radiofónica de 1960 por él mismo, que dura algo más de dos horas en mp3.

Lewis te convertirá en gourmet del amor, como quizás seas ya un gourmet del café o de los tacos. Para empezar, distinguirás cuatro tipos. Idealmente los conocerás por sus nombres griegos, los que Lewis usaba en su acento no-griego. Más que acento: Lewis, con su acento Sean Connery, convierte incluso las palabras más comunes en octavas operísticas en miniatura.

Ya no le dirás a OKCupid que estás buscando una relación de una u otra variedad administrativa, sino amor, el jodido Eros. Quizás con una guarnición de jodida Philia, amistad. Y vayas donde vayas en 2015, lo que buscas, lo que cultivas, lo que refinas, lo que saboreas, con lo que sueñas, lo que quieres no pervertir ni aproximarte a, sino santificar, será *amor.

El amor por tu perro, tu suéter más suave o tus niños, lo conocerás por la palabra griega Storge, para la cual no te voy a dar una pronunciación porque espero que sigas la de Lewis. Él lo hace de una forma exquisitamente horrible, algo así como stoou-gi.

Esta palabra para “afecto”, es música ideal para lo que Lewis llama el amor más humilde, definido por “ronroneos, lametones, lenguaje infantilizado, leche, calor, el aroma de la juventud.” Es el generoso regalo maternal de la vida a su descendencia, que a su vez, a veces traicioneramente, sólo es una expresión de su propia necesidad: “Debe dar vida, o morir. Debe de dar de mamar, o sufrir”.

El dueño de un perro, que pone su vida patas arriba para una criatura que representa pura necesidad, necesita ser necesitado de la misma forma. Su storge aparece como un ansia profunda por su cachorro, por quien debe de hacer poco salvo consumirse a sí mismo; adquirió al perro para ser su soporte vital. Tal y como dijo Stephen Budiansky en 1999, “los perros pertenecen a ese grupo selecto de estafadores en la cima de su profesión, los que no sólo te limpian la cartera sino que además hacen que estés contento de ello.

Hay algo doméstico, avergonzante y muy poco elegante, según Lewis, en el Storge. El objeto del storge incluye a “lo feo, lo idiota, lo exasperante.” Tiene una cara que sólo una madre podría amar. Dramatizar storge en público, dice Lewis, es como sacar tu silla más vieja y más confortable para una mudanza, donde su tela despeluchada y sus cojines manchados “parecen desgastados, horteras, grotescos.” Pero ay, cómo adoramos y abrazamos y amamos a esa silla (y a ese criajo mocoso y a ese perro pesado) tal y como es.

De esta manera funciona storge: un amor profundamente sentimental e incluso meloso, visible ahora en las fotos de gatitos o los himnos al hogar de Dolly Parton, y pervertido de manera grandiosa en las vacaciones, en esa forma de entrometimiento que algunos llaman “codependencia”. En su forma más sana, es amor familiar, fácil y que no tiene necesidad de ganarse, definido por tolerancia divertida, comodidad física y ceguera a los defectos. Para Lewis, es el único de los cuatro tipos de amor al que no tienes que aspirar; en storge te sumerges.

El próximo es philia. Para la gente de hoy, el galante rescate de la amistad masculina de Lewis, el cual él ve precioso y problemático porque algunos aguafiestas pueden juzgarlo “de mariquitas”, suena raro en esta época de orgullo gay, matrimonios tardíos y grandes redes de amigos. Reproducí y volví a reproducir la extraña frase de Lewis.

Admitimos, por supuesto, que aparte de una mujer y una familia un hombre necesita unos cuantos amigos. Pero el mismo tono de la admisión, y el tipo de relaciones descritas como “amistad” por las personas que la hacen, muestran claramente que de lo que hablan tiene muy poco que ver con la philia que Aristóteles clasificó entre las virtudes.

Y reescribí mentalmente esa frase para nuestros tiempos: “Admitimos por supuesto que aparte de amigos un hombre necesita ‘una mujer y una familia’”.

Los amigos de hoy fraternizan sin comillas, y se les considera un requisito de la cordura. Las “relaciones”, sin embargo, van y vienen y los niños son, para los mejores estudiosos del amor, maravillosamente opcionales.

Aquí, C.S. Lewis parece estar completamente equivocado, aunque con el mismo estilo de siempre. “Sin Eros (amor romántico) ninguno de nosotros habría nacido, y sin Afecto ninguno hubiera sido criado; pero podemos vivir y multiplicarnos sin Amistad. La especie, desde un punto biológico, no la necesita.”

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¡Soy yo, señor Frodo! ¡Su Sam!

El pánico a los gays de mitad de siglo (un poco del cual Lewis mete aquí) estropeó la amistad masculina – ese tipo de amistad viril, noble y un pelín gay que Lewis compartió con Tolkien y Frodo con Samsagaz Gamyi. Lewis, al defenderla, lanza un himno, que me lleva a sentir el mismo disgusto que habitualmente reservo para las charlitas de Sam.

El siguiente, Eros. Esta disertación de Lewis es la que me tenía más excitada, eróticamente hablando, pero en algunos sentidos es la más banal. Algo así como gloriosamente banal. El apareamiento y las citas están tan sacados de quicio, tan asesinados-por-disección en nuestra era, que la simple afirmación de Lewis acerca de la inevitabilidad y el encanto duradero del amor romántico consiguió eliminar, para mí, algunas espinas ficticias del no-problema del romance. Por supuesto que las personas se conocen, siendo jóvenes, y se enamoran. Por supuesto se emparejan y comparten casa y son bendecidos con niños (si no, más eros para ellos, y más storge para sus mascotas y sus sillas).

Lewis se toma algún tiempo para atacar a la charlatanería de mitad de siglo del derecho del amor pene-y-vagina antes de todos los demás. Siempre altruista, ve la hora del sexo tal y como la definieron los 50 como una reducción absurda de eros a su componente más tonto (en el buen sentido). Menciona una anécdota de Bob-Carol-Ted-Alice sobre el divorcio para hacer un sencillo, adorable (y para mí, definitivo) alegato por la monogamia y contra los cuernos. Tal y como él lo dice, el adulterio es deshonesto y cruel, y representa una traición de eros, que tiene sus propias leyes y placeres.

Finalmente viene agape, como ágave pero con una p (nota: en estos tiempos en los que la dieta hace la vez de vida moral parece que conozco el nombre de un dudoso sustituto del azúcar antes que la antigua palabra para la caridad). Aquí debo de hacer una advertencia. Aunque el psicólogo ateo Jonathan Haidt utiliza la palabra agape en su brillante libro La hipótesis de la felicidad, agape no cuenta para la mayoría de ateos y científicos, que generalmente ven al individuo como responsable sólo de sí mismo, su pareja, sus genes y su tribu. Pero aquí Lewis pone sus cartas sobre la mesa y habla abiertamente de “el amor de Dios por hombre y del hombre por Dios.”

No dejes que esto te corte el rollo. O te haga sentir estafado. Vale la pena introducirse aquí, y dejar que el amor sea general, y llamarlo naturaleza, silencio o interconectividad ambiental. Cierto, Lewis ha sugerido a lo largo de la charla que el amor a la familia y a las mascotas, el amor erótico-romántico y el amor de los amigos prospera cuando se ve como parte del amor más general, o incluso que toman parte del amor divino que se nos tiene a todos.

Pero es fácil hacer que esto sea pagano o naturalista. Después de todo estamos hablando de los griegos. La manera de pensar en esto sin Dios es imaginar —sólo imaginar— que nuestros imperfectos amores a nuestra rara descendencia y nuestros torpones compañeros son una parte de lo que Einstein llamó, de forma real y no apócrifa, como la amistosidad general del universo. Lo hacemos lo mejor que podemos con este amor, apuntando en vano pero con buen humor a hacerlo perfecto, de la forma que los matemáticos de la tradición Gödeliana consideran su trabajo con números y ecuaciones una aproximación de la vida Platónica de los números y las ecuaciones ahí fuera.

Amo (por usar la palabra de una forma que Lewis detesta) esta idea. No sé cuál es la verdad del amor. Pero con mi compañero, mis padres, mis hijos, mis amigos en la vida real y En Internet, mis colegas, conocidos y extrañas, intento averiguarla. Muchos de estos intentos sale mal. Por ejemplo, mis muestras de entusiasmo por las ideas de mis amigos no corresponden a philia cuando incluyen interrupciones y discursos de mi cosecha. Esa fue una verdad del amor en la que estuvo equivocada durante años.

Así que, poco a poco, hago nuevos intentos. Las charlas de Lewis me han ayudado sin mesura a refinar mis intentos de averiguar la verdad del amor, y revisarlas idealmente – en mi crudo acento americano.

AudioFile Magazine llama a “Four Loves” “la madre de todos los programas de audio acerca del amor y sus vicisitudes”, y la grabación, melodiosa y cálidamente recordada aún canta, incluso 55 años después de ser grabada y emitida en la radio norteamericana. Escúchalo. Y ámalo o, alternativamente, ódialo.

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