Trabajar desde casa me está convirtiendo en una idiota perezosa

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Traducción de un original de Abby Norman en Medium

Siempre he tenido problemas con la ansiedad social. Desde el primer trabajo que tuve a los diecisiete en la tienda de regalos de un museo, a mi primer escarceo con los cubículos de oficina hace unos años, pocas cosas me provocaban más ansiedad que un domingo noche.

Como ocurre a menudo con la ansiedad, la preocupación obsesiva era mucho, mucho peor que cualquier evento sobre el cual me estuviera preocupando. Cuando llegaba la mañana del lunes, me iba al trabajo y todo iba bien. Por supuesto, había semanas en las que no todo iba bien; cuando cada noche parecía como una noche de domingo y mi ansiedad sobre el despertarme – sobre el aparecer en el trabajo – me mantenía despierta toda la noche. Quedarme mirando al reloj durante horas sólo empeoraba el asunto. Era un círculo vicioso: me quedaba toda la noche despierta temiendo que el reloj no me despertara a tiempo, el reloj me despertaba a tiempo… pero no había conseguido dormir. Ups.

Había un clamor constante de sonar de teléfonos, aporreo de teclados y en general la jungla de la oficina, lo que me causaba un nudo perpetuo en el estómago y me elevaba la tensión por las nubes. No era un entorno precisamente sano, ¿pero qué me quedaba? ”¿No es esto lo que significa ganarse la vida, no es esto ser adulta?”, me diría a mí misma mientras hiperventilaba en el cuarto de baño por segunda vez en la misma tarde.

Al mejorar en mi trabajo, la ansiedad no disminuyó. Más bien se incrementó en proporción al aumento de responsabilidad, a las mayores expectativas. Tras mi gran ascenso estaba hecha más polvo que cuando era una novata.

Te imaginarías que ahora, unos años después, al empezar mi primer año escribiendo desde casa a tiempo completo, me sentiría mucho mejor. Que la ansiedad de la noche del domingo se evaporaría, que no tendría un dolor de estómago constante a causa del panty encorsetador y que el corazón no me saltaría por la garganta cada vez que el teléfono suena.

Mi teoría es que la gente con ansiedad siempre estará ansiosa, incluso cuando las cosas van bien. Admito que, en comparación, ahora que trabajo en casa mi ansiedad es menor. Pero sigo estando nerviosa. Simplemente tengo nuevas cosas de las que preocuparme.

¿Voy a engordar estando tanto tiempo sentada? ¿Se resentirá mi salud cardiovascular para siempre? Ya que trabajo desde casa, ¿por qué está hecha un desastre? ¿Cuánto tiempo lleva esa taza en el escritorio? ¿Tengo que lavarla o puedo tirarla a la papelera y hacer como si nunca hubiera estado ahí? ¿Cuándo fue la última vez que fui a hacer la compra? ¿Está bien comer cereales secos para almorzar? ¿Se puede hacer? ¿Cuánto café llevo hoy? ¿Estoy bien? ¿Está esto bien? No he hablado con una persona de verdad en varios días, quizás debería salir. No, no puedo, tengo fechas de entrega que cumplir y, bueno, no quiero salir de casa.

Estoy feliz con el trabajo que hago, me siento apasionada y realizada con él, pero me decepciona que siga nerviosa y preocupada por mi vida. Tengo lo que quería: se acabaron los cubículos, las carreras en las medias, las reuniones y las llamadas a los informáticos, los informes, los viajes al trabajo o el café frío. Se acabó la diplomacia de oficina, se acabaron las colectas.

Y sin embargo, aquí estoy. Son las nueve de la mañana de un lunes y llevo puesta la misma camiseta desde el viernes por la noche, con nada en el estómago excepto un café y una tristeza vacía, profunda y resonante – de la cual no alcanzo a saber su origen. Mi perro está a mis pies y está aburrido, estoy segura de ello. Se me amontonan las fechas de entrega. Llevo escuchando la misma maldita canción de Sia en repetición constante porque no puedo encontrar desde qué pestaña suena:te maldigo, Google Chrome. Estoy sentada en mi escritorio, el cual he movido a lo largo y ancho de mi apartamento para poder dar vueltas en mi silla de oficina y desconectar. Me siento acurrucada, con las rodillas en el pecho, y miro a la leonera que tengo por apartamento. Juré que este año contrataría a una limpiadora. Patético, lo sé, pero cuando necesitas estar más de doce horas al día escribiendo para poder pagar por tu apartamento te das cuenta de que limpiar y organizar ya no tiene sentido. Mis ojos se pasean perezosamente por la habitación hasta posarse en el ventanal. Está nevando. Me alegra que no tenga que vestirme e ir a excavar en mis tacones de siete centímetros, mi falda ajustada y mi plan de pensiones.

8 Comentarios

  1. A mí me ha gustado, y soy traductora profesional con licenciatura, máster y experiencia. Hay mucha crueldad en el mundo de la traducción, especialmente cuando la gente comenta desde el anonimato. No hagas mucho caso.

  2. Al leer esto me sentí muy identificado. A mí me pasaba lo mismo, desde mi adolescencia comencé a sentir algo que no sabía qué era hasta que alrededor de los 23 años me di cuenta que era ansiedad. No podía hacer todas las cosas que me gustaban e ir a trabajar (lo cual me gustaba) se convertía en un martirio. Y no pude sentirme más identificado cuando menciona “las noches del domingo”. Cuando los domingos por la tarde comenzaba a ver que el sol se ocultaba, comenzaba mi ansiedad y el miedo de iniciar la semana. Por lo mismo decidí que una vez que finalizara mi actual trabajo (la empresa ya planeaba cerrar en unos meses) me enfocaría a trabajar en casa, de lo que fuera. Afortunadamente tengo ya más de 7 años trabajando en casa (como traductor) y me ha ido muy bien. Eso sí, la ansiedad no ha desaparecido, pero sí ha disminuido bastante, al menos al grado de poder vivir mejor que antes.

    Gracias por este artículo.

    Un saludo.

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