Tengo cincuenta años. No soy el mismo tío que era cuando tenía cuarenta, o treinta, y no hablemos ya de cuando tenía veinte o diez. Veo la personalidad no como un objeto sólido, sino como una onda que viaja a través de la dimensión temporal a través de una emulsión compleja de memorias, experiencias y emociones, limitada atrás y delante por singularidades – fronteras más allá de las cuales no existe una continuidad (y casi seguramente, ninguna persistencia de la personalidad en sí). Todos somos ondas, viajando a través de este guiso de fenómenos existenciales humanos, refractándonos a través de otros y cambiando en el proceso. Y conforme nos movemos, vamos cambiando. No sólo nuestros cuerpos no están formados por los mismos átomos individuales: los trocitos que podrías usar para describirnos teóricamente también cambian. Se añaden nuevos datos, se pierden viejos patrones (estos días tengo la memoria de un pez).
Más allá de lo obvio (el deterioro fisiológico y las patologías de la senectud), ¿cuáles son los síntomas psicológicos de la vejez?

Estos días tiendo a ser más impaciente e irascible. Por ejemplo: me cabreo cuando me encuentro con gente que obstruye mi paso en una acera, o gente que me echa el humo en la cara sin darse cuenta, o gente que camina sin dejar de mandar mensajitos… ya sabes. Esto lo achaco al leve dolor crónico del cuerpo de mediana edad: articulaciones que crujen, músculos que necesitan estiramiento extra, pies doloridos. Está claro que doparse con antiinflamatorios como el Naproxen o el Diclofenaco ayuda un poco; si no fuera por su relación con un leve aumento del riesgo de muerte cardíaca súbita, no pararía de drogarme. (Me preocupo especialmente de esta tendencia cuando conduzco, y compenso apropiadamente; ir a un orden de magnitud más rápido que a pie mientras llevas un par de toneladas de metal, eleva el coste de dicha impaciencia de trivial a letal. Pero claro ahora conduzco menos de cien horas al año. Aunque en la época oscura de los 80 hacía más de 30.000km al año por trabajo, conducir ya no es una rutina para mí, así que puedo controlarlo.)

Mi memoria, como mencioné antes, es un colador. Por un lado me encuentro viviendo en un reino cognitivo abarrotado: tengo mucho contexto que aplicarle a cualquier dato nuevo. Si los cincuentones parecemos lentos a veces puede que no sea porque somos estúpidos (aunque la estupidez es una aflicción que no entiende de edades), sino porque estamos procesando muchos más datos de los que tiene a mano una mente joven. ¿Ese escaparate? No estás mirando a la moda de esta temporada, sino recordando los cambios de estilo que has vivido a lo largo de décadas y reconociendo cuándo estuvo de moda por última vez. (Y si te gusta la moda, estarás intentando recordar en qué parte del armario escondiste esa prenda la última vez que la usaste hace tantos años). Otro efecto secundario: cuando experimentas algo familiar lo olvidas debido a la repetición — no lo recuerdas como una experiencia nueva, sino como una copia de algo familiar y al final ni siquiera lo recuerdas. (Para el que tenga una rutina laboral, esto le sonará: ¿recuerdas la última vez que fuiste al trabajo? Si lo recuerdas, ¿es porque viste algo excepcional, por ejemplo, un camión que casi se lleva tu coche por delante.?)

Otro de los efectos de los dolores de la edad y la dificultad de recordar información es que tienes que concentrarte más para realizar tareas – es difícil realizar seis o siete tareas diferentes no rutinarias en un solo día, porque eso requiere planear cosas, y el planear requiere mucha de esa dificultosa integración mental. En vez de eso, te enfocas en mantener rutinas: (levántate, lávate los dientes, medícate, aféitate, usa el baño, haz café… hecho. Ir al gimnasio, hecho. Almorzar, hecho. Trabajar, hecho.) y en planear una o dos tareas excepcionales. Las listas mentales ayudan mucho, pero aquí te vuelves a encontrar con el problema de la mente-colador: aquí es donde vienen geniales las prótesis digitales (o un filofax a rebosar).

Tu perspectiva sobre las últimas noticias cambia. Todo lo nuevo acaba siendo viejo: ves similitudes a grandes rasgos a lo largo de las décadas, sin necesidad de ser estudiante de historia. La invasión o la crisis petrolífera de hoy es justo como la última. Nuestros líderes políticos de hoy están atrapados en la misma trampa ideológica que sus predecesores la última vez que su partido estuvo en el poder, etcétera. Así que tiendes a ignorar los últimos eventos y pierdes interés en las noticias hasta que algo nuevo ocurre (si te preguntas por qué estoy tan obsesionado con lo de la independencia escocesa este año, es porque es algo disruptivo: no ha ocurrido nada parecido en la política del Reino Unido en mucho, mucho tiempo. Es algo nuevo.)

Lo mismo pasa con el interés en los famosos o las estrellas del pop. No he escuchado nada de Taylor Swift. Nada de Amy Winehouse. No sé nada de los Kardashian excepto que son famosos por ser famosos. Esta gente son jugadores exitosos con carreras que siguen un puñado de trayectorias estándares: bueno, que tengan buena suerte. Si hacen música que me llegue, escucharé algo de ellos más tarde o más temprano y empezaré a explorar su discografía. No tengo necesidad de verme atrapado por la excitación en estos momentos. Ya he estado ahí, ya lo he visto todo. (El último concierto en directo al que fui fue uno de Nine Inch Nails; el siguiente seguramente sea Lene Lovich. Eso debería decirte cómo de no-actual estoy).

El hacer planes se ve desde otra perspectiva diferente, porque tu relación con los marcos temporales se altera. Cuando estás en los veintipocos, la jubilación parece estar infinitamente lejos, y la idea de empezar a planear los próximos 25 años es prácticamente surrealista. Pero cuando tienes 50, has experimentado varios periodos superpuestos. Puedes reconocer patrones y tendencias vitales a grosso modo, y entender cómo plantear tus metas con años de antelación. Estos días mi trabajo consiste en planear y ejecutar proyectos que llevan meses de trabajo y deben de ser programados con años de antelación. Por poner un ejemplo extremo, estoy a la mitad de un proyecto personal (una prueba A/B bastante informal sobre dos series de libros en publicación) que tardará al menos entre 3 y 5 años en dar algo de información util. Así que, mientras se hace más difícil ejecutar tareas a corto plazo, los proyectos a largo plazo se hacen mucho más fáciles.
Las relaciones interpersonales cambian, también. Todo es intenso y fresco e inmediato cuando eres joven. El compromiso emocional es muy alto. Este compromiso emocional no disminuye necesariamente con la edad, pero la cantidad de energía que podemos aportar a nuestras relaciones disminuye junto con nuestra resistencia. Mira a un par de viejecitos de ochenta que se han llevado más de medio siglo juntos. A menudo parecen ignorarse entre ellos, porque tienen un modelo interno tan poderoso de la mente del compañero que pueden anticipar las palabras y acciones del otro: no los ignoran por olvido, sino por una familiaridad y una visión muy profundas. La psicología cognitiva aporta algunas pruebas que sugieren que utilizamos a nuestras parejas o niños u otros familiares como almacenamiento externo, justo como Google. (Google no está haciendo que nuestra memoria sea obsoleta, sino aprovechándose de un mecanismo humano interpersonal que ya existe, a muy bajo nivel). Al mismo tiempo, puede que no sean capaces de responder de manera efectiva si el otro está sufriendo una crisis excepcional como un ictus o un infarto: el fenómeno está tan fuera del alcance de su experiencia que en un principio no lo reconocen como una emergencia, a no ser que su atención esté específicamente dirigida no al mapa mental del otro, sino al territorio humano que éste representa. Especialmente al ir disminuyendo nuestra resistencia con la edad, hasta que en las edades extremadamente avanzadas el concentrarse en las propias necesidades inmediatas es un desafío.

Bueno, has estado leyendo un artículo de Charlie Stross y te estás preguntando dónde está la puntada.

Esta es mi especulación. Imaginemos que en las próximas décadas creamos una cura para los peores problemas de la vejez. Nos inventamos una forma de revertir el daño cumulativo al ADN mitocondrial, de reiniciar los telómeros de las células madre sin darle carta blanca a ningún cáncer con esperanzas de replicarse, de deshacer el daño cumulativo de los priones, de domar la inflamación cumulativa que causa la ateroesclerosis, de arreglar el mecanismo subyacente que está detrás del síndrome metabólico (la causa de la hipertensión y la diabetes de tipo 2).

Ahora tenemos una generación de personas de setenta años, que veinte años después estarán fisiológicamente en sus cuarenta, no en los noventa. En el peor de los casos, ya no estarán en ese declinar rápido de la edad anciana. En el mejor, estarán volviendo atrás, a esa primera buena forma de la edad adulta. Eres uno de ellos. Tienes entre 25 o 60 años ahora, y tendrás de 55 a 90 para entonces. Al contrario que los abuelos de hoy, no te duele el cuerpo cuando te levantes, estás en buena forma física, no tienes cáncer ni enfermedades coronarias ni Alzheimer, no estás ciego ni sordo ni sufres anosmia o neuropatía periférica ni otras discapacidades sensoriales, y físicamente eres capaz de disfrutar de su vida sexual. Todo es beneficio.

Sin embargo, tu funcionamiento cognitivo se encuentra cargado por décadas de memorias que integrar, canalizado por experiencias anteriores, dominado por la complejidad de los planes a largo plazo a la vez que eres incapaz de responder en tiempo real. Cada vez que miras a tu alrededor te encuentras con referencias cruzadas complicadas y esotéricas a lo que ya ocurrió antes. Cada político, cada famoso, cada actor, bloguero, estrella del pop, escritor… ya has visto a alguno parecido antes, sabes lo que van a decir antes incluso de que abran la boca. Cada vez que hay una política o una estrategia nueva, consigues reconocer modos en los que va a fallar. “No funcionará” es tu respuesta habitual al cambio, no porque seas un pesimista enconado, sino porque ya lo has vivido. Quizás hagas uso extensivo de grabadores vitales o aparatos protésicos de asistencia a la memoria —imagínate un google personal, refrescando tu memoria cada vez que haces las preguntas adecuadas— o quizás viajarás adelante en el tiempo a través de una niebla, olvidando deliberadamente los viejos contextos ara hacerle hueco a nuevos. Algunos intentarán recurrir a olvidar los últimos cuarenta-setenta años. Perderás contacto con ellos, porque simplemente no querrán recordarte. Otros intentarán aferrarse a cada experiencia, viviendo la textura compleja y preciosa de una vida extendida hasta que su habilidad para responder esté tan dañada que aparenten ser catatónicos.

¿Cuál de los dos serías? ¿Y cómo lidiarás con un siglo de memorias contenido en la carne incorrupta de una infinitamente prolongada adultez?

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