Pregúntale a un crío si le gustan los dulces y la respuesta es, de forma casi universal un alto y claro “¡Sí!”. La mayoría de los padres no se sorprenden de que a los niños le gusten los caramelos, las galletas o las bebidas azucaradas. ¡Hay niños capaces incluso de echarle azúcar a un bol de cereales azucarados! Pero no culpes a los niños, dicen los investigadores: culpa a la biología.

Hay pruebas científicas que muestran que los niños no sólo prefieren más el azúcar que los adultos, sino que esa preferencia está arraigada desde el nacimiento.

“Sabemos que los recién nacidos pueden detectar lo dulce y que prefieren las cosas dulces a las que no lo están tanto. La biología básica del niño implica que no tienen que aprender a apreciar lo dulce o lo salado. Está ahí desde antes del nacimiento.” explica Julie Mennella del Centro de Sentidos Químicos Monell.

A diferencia de los adultos, los cuales suelen encontrar las cosas excesivamente dulces algo repugnantes, Mennella afirma que los niños viven en un mundo sensorial aparte a los adultos en lo que se refiere a gustos básicos.

“Prefieren que la intensidad de lo dulce y lo salado sea mayor que los adultos, y esto no cambia hasta la adolescencia. Y tenemos algunas pruebas de que podrían ser más sensibles al sabor amargo” dice Mennella.

Un posible motivo tras esta preferencia por las sustancias dulces e hipercalóricas sería una ventaja evolutiva para estos en aquellos tiempos donde las calorías eran escasas. Esta idea se ve apoyada por el hecho de que el azúcar no sólo les sabe bien a los críos – también les hace sentirse bien.

Las investigaciones de Mennella muestran que el azúcar es un analgésico natural para los niños, y que muchos hospitales incluso ponen líquidos dulces en la boca del bebé durante circuncisiones o los pinchazos en el talón, para ayudarles a disminuir el dolor.

Cuando los investigadores le dieron tanto a niños como a adultos agua mezclada con diversas cantidades de azúcar, los adultos preferían las concentraciones de azúcar similares a las de una lata de refresco, encontrando las superiores demasiado dulces. En comparación, los niños preferían el doble de azúcar – y los más jóvenes prácticamente no tenían límite.

“Podías seguir metiendo azúcar hasta el punto en el que ya no se disolvía y aún les seguía gustando”, dice Sue Coldwell, una investigadora de la Universidad de Washington que ha estudiado a los niños y golosinas.

Sin embargo, parece que hay un límite de edad en esta preferencia.

Coldwell y sus colegas sospecharon que las preferencias cambiaban en la adolescencia. Chequearon un puñado de indicadores, desde la imagen corporal hasta las hormonas así como el crecimiento óseo. Les hicieron el test del azúcar en agua a unos adolescentes, a la vez que medían un marcador de crecimiento óseo en su orina. Lo que descubrieron es que los niños que aún seguían creciendo preferían los dulces. Aquellos cuyo crecimiento había parado, sobre los 15 o 16, tenían unos gustos similares a los de los adultos.

El por qué de esto es aún un misterio, pero Coldwell afirma que una pista importante yace en el descubrimiento de que los huesos en crecimiento secretan hormonas que influencian el metabolismo. Se sabe también que otras hormonas bien conocidas como la leptina o la insulina actúan en las áreas del cerebro que controlan antojos y apetitos e incluso se unen directamente a la lengua, donde afectan a la preferencia por los sabores dulces. Coldwell sospecha que las hormonas de los huesos en crecimiento están haciendo lo mismo. En otras palabras, no es culpa de tu crío que asaltara la caja de las galletas: las hormonas de sus huesos le obligaron.

“No estoy segura, pero creo que los huesos le dicen al cerebro o a la lengua que necesitan energía para crecer, mandando así señales para que la preferencia aumente”, dice Coldwell.

Con esto tampoco decimos que un niño no se pueda pasar de dulce. En este mundo de sobredosis calórica y obesidad infantil, las ansias de azúcar ya no son una ventaja evolutiva. Pero si nuestra meta es que los críos tomen menos azúcar, los científicos aseguran que el primer paso es comprender la biología subyacente.

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