Mi primer bar gay fue Crowbar. Como todos los grandes bares gays, Crowbar era un antro: oscuro, de techo bajo, con un sistema de sonido de mierda. Estaba al lado de Tompkins Square Park y Avenue B, cuando Tompkins Square Park era todavía el sitio a donde ibas a comprar drogas. Olía a moho, orina, vodka barato y desodorante Designer Imposters. Hace mucho que desapareció —extinguido como tantas otras maravillas por la gentrificación y Giuliani— pero durante un tiempo en los 90 era el lugar más fabuloso de toda la galaxia. Inventamos muchos movimientos de baile allí. La gente entraba, y al salir no estaban sólo borrachos; eran otras personas. Así de poderosa era su magia.

Antes de que los 80 se los apropiaran hipsters de chaquetillas ridículas, Crowbar tenía una noche temática llamada 1984, ridículamente divertida. Pero yo era menor de edad, estúpido y tenía ganas de mearme sobre las cosas divertidas, así que una vez dije algo estúpido como: “¿No os parece patético y raro que todos estos maricas estén nostálgicos por una década que terminó hace diez segundos?”. Y un pavo al que yo conocía, al que consideraba viejo pero que tendría treinta y dos años como mucho, me soltó: “Escucha, mierdaseca, no llegamos a bailar esta música cuando salió. Nos estábamos enterrando los unos a los otros, así que coge tu mala onda y vete a tomar por culo. Necesito esto más de lo que tú necesitas ser gilipollas”, antes de dejar mi lado, bailando, girando, alejándose de mí y mi aura tóxica.

Esa fue la primera vez que descubrí que los bares gays son algo más que establecimientos con licencia donde la gente va a beber. Los bares gays son terapia para la gente que no puede pagarse un terapeuta, templos para los que han perdido su religión o para aquellos a los que la religión ha perdido, vacaciones para la gente que no puede permitirse salir de viaje, hogares para la gente sin familia, santuarios contra la agresión. Cogían sonido, tejido y carne del mundo ordinario, y bajo la cubierta de la oscuridad y la influencia del alcohol y las drogas, lo convertían en algo que rozaba la utopía.

Nunca estuve en Pulse, el bar donde Omar Mateen mató a cincuenta personas e hirió a otros 53. Pero sé que para algunos queers era su utopía. O como dijo de forma conmovedora Daniel Leon-Davis “un refugio seguro”, el lugar “donde aprendí a amarme a mí mismo como hombre gay”, y el lugar “donde aprendí a amar a mi comunidad”. O como dijo el presidente Obama, “un lugar de solidaridad y empoderamiento.” Ayer, este lugar fue profanado.

Nunca sabremos cuánta homofobia empujó a Mateen a hacer lo que hizo, o de qué otras fuentes de locura y extremismo bebió. Pero podemos decir esto: tal y como Dylan Roof atacó la apertura y la hospitalidad de la Iglesia de Madre Emanuel, Omar Mateen se aprovechó de las cosas específicas que hacen que los bares gays sean mágicos. Cogió la oscuridad, el ruido, la densidad, el caos de la pista de baile, y los convirtió en sus cómplices en el mayor tiroteo masivo de la historia de la nación.

Pero estas cosas no le pertenecen, y su profanación no puede derrotarnos. Esta semana va a ser una mierda, pero debemos recordar que nuestro gozo, nuestro disfrute tienen su propio motivo.

A los camareros y los baristas y seguratas y gogós y drag-queens y chavalería que os ocupáis de popular la noche, os quiero. Manteneos fuertes.

Foto de Hernán Marina

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